lunes, 13 de enero de 2014

Rubén Darío sobre el Dakar

Las gentes han estado como locas  -más que de costumbre- en estos días, con motivo de la nueva empresa automovilística, la carrera París-Madrid. Los periódicos han dedicado largas columnas, los camelots han vendido miles de programas y mapas, los concurrentes a la prueba han sido mucho más numerosos que en otras anteriores; los nombres de Michelin, Mors, Mercedes, Pauhare, Renault y demás fabricantes de máquinas veloces andan en todas las bocas. Es el tiempo en que un chauffeur hábil y osado goza de triunfos y aclamaciones que jamas obtendría un Berthelot, un Pasteur, un Anatole France. La locura de la rapidez, que ya creo que ha sido estudiada por los médicos, invade de manera alarmante a la ciudad de los caminantes jóvenes y viejos.
Y una enorme muchedumbre se ha desvelado por ir a ver partir a los corredores, y han lanzado gritos de entusiasmo que no oyeron los griegos de ligeros pies y los cocheros líricos celebrados por Píndaro. Temeroso delirio colectivo, manicomio suelto...
Antes de la primera etapa, los muertos han sido siete, entre ellos sportsmen ricos, y los heridos, muchos. Fuera de los locos de las máquinas, han sido víctimas pobres gentes encontradas en el camino destripadas por la veloz y pesada cucaracha de hierro y caucho. Los aduladores de la industria à outrance dicen que el suceso no vale la pena, que los negocios son los negocios y que "para comer tortillas hay que romper los huevos".

Rubén Darío,  "Las tortillas de Moloch" (fragmento) firmado en París el 4 de junio de 1903, publicado en La Nación el 8 de julio de ese año y reproducido ahora en Viajes de un cosmopolita extremo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2013.

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