martes, 25 de junio de 2013

Newell's, Stendhal y el kiosco de la EMR

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Un simpatizante, un seguidor (no un hincha, no un fan) de Newell's Old Boys celebra, casi en la intimidad, el título conseguido. Mastica, solo en su casa, la palabra "campeones". O, mientras se afeita a la mañana, antes de ir a trabajar, canturrea "dale campeón". Eso es todo. Lo atribuye a que así como reprimió, en los últimos años, el dolor por esos campeonatos perdidos cuando parecían ganados, era justo ahora reprimir la felicidad. Como es, además, un literato, un lector, mientras no lejos de su casa explotan las bombas y los fuegos artificiales de las celebraciones, él, en un homenaje íntimo a los jugadores y al cuerpo técnico del equipo campeón, se pone a leer, tapado con una manta, Rojo y Negro, de Stendhal, anotando, además, algunas correcciones a la traducción española. El primer párrafo, que le lleva toda la larga tarde del domingo, queda asi:



"La pequeña ciudad de Verrières puede pasar por ser una de las más lindas de la Franche-Comté. Sus casas blancas, con tejados puntiagudos de tejas rojas, se extienden sobre la ladera de una colina en donde unos vigorosos castaños acentúan las menores sinuosidades. El Doubs fluye a unos centenares de metros por debajo de sus fortificaciones, construidas en su momento por los españoles y hoy en ruinas".



El simpatizante nos llama el lunes, nos lee el párrafo traducido, y nos comenta una noticia, lleno de esperanzas: que mientras él, en su misantropía, releía a Stendhal, la fervorosa multitud rojinegra, en su expansiva celebración, había provocado uno que otro destrozo en la ciudad: monumentos públicos pintados, vidrieras rotas, autos quemados. Y, lo más importante: había destruido el kiosco de libros y discos de la Editorial Municipal de Rosario, en Corrientes y Córdoba. El hecho había encendido en nuestro amigo una ilusión: que los hermosos materiales que expone para la venta esa sólida caja de vidrio y metal hubieran sido saqueados por la parcialidad rojinegra. Que en el mismo momento en el que él nos llamaba por teléfono, un muchacho en Las Flores estaría escuchando la integral de Beethoven interpretada por Alexander Panizza, que otro ahí nomás, en el centro, estaría leyendo los poderosos y sutiles versos de Juan Manuel Inchauspe. Que en cada barrio de la ciudad, en fin, habría un joven al que se le estaría despertando el bicho de la música, de la literatura, a partir de cada uno de los discos y los libros que la editorial de la Muncipalidad y nosotros, desde el Centro cultural, habíamos ido publicando juntos con, precisamente, esa recóndita esperanza de distribución popular.

Con enorme dolor, tuvimos que desengañarlo: al kiosco lo habían roto, sí, pero no la parcialidad rojinegra, sino un piedrazo anónimo, el día anterior. Y nadie se había llevado nada.




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