miércoles, 19 de enero de 2011

Madrid, segunda entrega

Que en el aula 2 estaba armada la mesa en U, que en la base de la U estaban Carlos Alberdi, Miguel Albero y Pilar Sánchez y en sus largas patas distribuidos todos los directores y directoras y los consejeros y consejeras culturales de las embajadas en La Paz, Quito, La Habana, Bogotá y Caracas y detrás de las patas, en una segunda línea, los equipos técnicos de Madrid que van cambiando según pasan los años y las gestiones pero que se mantienen siempre fieles a un estilo compañero y solidario y como si nos conociéramos desde siempre. Alberdi nos dio la bienvenida, con ese estilo suyo relajado, ameno, informal, como si no hiciera un año que no nos veíamos, como si retomáramos una conversación interrumpida momentáneamente dos días atrás. Todos, igual, atentos, lápiz en mano, libreta abierta, porque de esa conversación amable, no doctrinaria, llevada siempre con la mano derecha volando ligeramente por el aire, un poco como si todo fuese al azar, surge, punzante, un repertorio de ideas que a muchos de nosotros nos gusta escuchar no porque lo compartamos de antemano y nos reconozcamos inertes en él sino porque o bien no lo conocíamos y nos gusta, o no nos gusta pero nos interpela, o lo conocíamos más como una intuición que como un saber o una doctrina. Por ejemplo, después de que Eloísa Pérez Santos presenta el informe final de resultados de los Estudios de Público que hemos hecho en todos los Centros, quedan boyando en el aire algunas bromas en cuanto a que a unos les fue mejor que a otros, si consideramos “mejores” a aquellos Centros de mayor afluencia de público o “peores” a los de menor afluencia, que es algo que puede suceder cuando un estudio cuantitativo no es inmediatamente contextualizado cualitativamente, que no es que no estuviera ese espíritu en el estudio de Eloísa, sino que fuimos nosotros mismos quienes nos dejamos llevar por los números según se iban sucediendo los gráficos de columnas en las pantallas y México parecía estar dándonos a todos los demás una paliza memorable. Entonces Alberdi dice, un poco en voz baja, para quienes quieran oír: “Nosotros no llevamos gente a un espacio, sino que mandamos mensajes a la sociedad. En todo caso, llevamos gente para que transmita ese mensaje”. O también, en otro momento: “Nuestras programaciones tienen que ser el producto de una negociación permanente con nuestro público”. Como no es de los que dicen “apunten esto”, supongo que cada cual habrá anotado en sus libretas lo que mejor le pareció. A nosotros, tomados estos dos apuntes, subrayados, nos dieron ganas de volar de inmediato a Rosario y ponerlos a consideración de nuestro equipo de programación: convertir una idea en una acción y una acción en una política. Pensábamos, en ese mismo momento, que aun faltaba casi un mes para que nos reuniéramos nuevamente en la mesa larga del fondo del Centro cultural el equipo completo y que debíamos comprometernos a mantener viva esa idea durante todo ese tiempo, de modo de poder transmitirla con el mismo calor con el que la recibimos.

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