lunes, 26 de abril de 2010

Nos ponemos de pie para recibir a la bandera

Era el verano del año pasado: enero y calor y humedad. Estábamos en Roldán, como si estuviéramos de vacaciones, pero cada tanto, tanc, levantábamos el teléfono para hablar con Julia Saltzmann: ¿veía ella posible que pudiésemos traer a Rosario a Fernando Vallejo? No era la primera vez que pensábamos en invitar a Rosario a quien era, a nuestro modesto entender, y junto con César Aira, lo mejor que le estaba pasando a la narrativa hispanoamericana en los últimos años: en varios de los muchos últimos años. Pero ahora, un poco antes de hablar con Julia, habíamos vuelto de Colombia con un ejemplar del tan deseado y buscado Almas en pena chapolas negras que mientras hablábamos por teléfono hervía y se ondulaba en el césped, a los pies de una reposera, y ya quedaba claro que, como Aira, Vallejo era además de un narrador extraordinario un ensayista sin par y nosotros que de algún modo en algún momento y sin saber bien porqué acabamos siendo una suerte de publicistas de doble mano de nuestra ciudad, mostrando la ciudad hacia afuera pero también trayendo amigos a la ciudad para que vean cómo es, nos parecía que, en fin, había que tentar la suerte. Qué lindo, imaginábamos, Vallejo caminando Corrientes abajo, de noche, las luces de una ciudad que son para el viajero las de cualquier ciudad y de golpe, en un rapto, se vuelven por un instante únicas.Y qué lindo, imaginábamos, que los lectores de Rosario, que alguna vez se cruzaron en la calle, o en un teatrito, o en un salón de actos, o en una librería, con Juan Carlos Onetti, con Roa Bastos, con Borges, con Saer, con el mismo Aira, se encontraran con Vallejo y que ese encuentro -a veces las cosas suceden así- los motivara a leerlo por primera vez, o a leerlo más, y cuánto mejor es la cabeza y la sintaxis de un lector después de leer a Vallejo. Pero Julia no era optimista: directamenta era pesimista. Pasó el verano, llegó el otoño ("y con el otoño el tiempo del vino") y Julia llamó con una formulación matemática que no entendimos (si x más y, menos x, menos y,menos que menos y más) cuyo hipotético resultado, sin embargo, resultaba alentador: viene Vallejo. Guiados por la ilusión del resultado, dijimos que sí. Acompañado por el crítico Jacques Joset , autor del primer libro sobre su obra, y con su nueva novela bajo el brazo, este jueves a las siete y media de la tarde, llega, qué felicidad, Fernando Vallejo al teatro del Centro cultural. Como en los actos escolares, y cada uno de nosotros sabrá íntimamente como bandera de qué, nos ponemos de pie para recibirlo.

miércoles, 21 de abril de 2010

Súper Viernes

Primero, a las siete de la tarde, viene el Negro Ielpi a dar una charla en Galerías, a propósito de la exposición de Juan Pablo Renzi. Juan Pablo y el Negro vivían juntos en una pensión de Santa Fe y Presidente Roca, a fines de los años 50 o principios de los 60, cuando en Rosario comenzó lo que de alguna manera muchos llaman "todo" -aunque muchos otros señalen que "todo" empezó en verdad en los años 40: nos interesaría alguna vez poder desarrollar esa polémica extremadamente rosarinista y, por lo tanto, tolstoianamente universal. En fin, como sea, en los años de Renzi y de Ielpi andaban por ahí también, en la Facultad, Nicolás Rosa, María Teresa Gramuglio, China Ludmer, orbitaban la Facultad, pero desde los bares, Juani Saer y Aldo Oliva y justamente, para ayudarnos a reconstruir el campo de aquellos años y además a mirar los cuadros de Renzi es que lo invitamos al Negro, un gran memorialista, un gran orador y conversador y también un gran tipo -esto tal vez no tenga nada que ver: pero que conste. Después, o casi simultáneamente, en el Túnel 4 presentamos la nueva edición del Festival de Poesía, que empieza en septiembre. Vamos a pasar una película que hizo Florencia Castagnani sobre la edición anterior del Festival y más tarde leerán poemas Marina Mariasch y Roberto Echevarren -que llegan juntos desde Buenos Aires- y Concepción Bertone, que viene nomás de barrio Sur. Después nos pegamos una vuelta por Videoteca, para ver los nuevos materiales, que son un montón y que están buenísimos. Y después (sí, aun hay un después) nos vamos al Teatro a escucharlo a Lucho González, que va a hacer un repertorio de Chabuca Granda. En fin, como decía un profesor después de terminar una clase siempre atractiva: no sé si les queda claro...

lunes, 19 de abril de 2010

Paraná Ra'Anga XXI




Fotos de Félix Rodríguez, expedicionario

domingo, 18 de abril de 2010

¿Y los estudiantes, dónde están?

La anécdota nos las contó una vez el poeta Rubén Sevlever: muy a principios de los años 60, con la entonces hermosa y reciente Revolución cubana como telón de fondo, llega a Rosario Nicolás Guillén a dar una lectura en la sala de Amigos del Arte. Entra Guillén con sus papeles y al ver que entre el público había sólo otros poetas y algunos estudiantes, pregunta, en voz alta: "¿y los obreros, dónde están?" Algo de esa construcción se nos vino a la cabeza durante este fin de semana. Primero en el seminario de Kartun, luego en el concierto de Panizza. Kartun, después de la puesta de "Ala de criados", dio, el jueves y el viernes, el seminario de desmontaje: habia que verles las caras, el viernes al mediodía, a quienes habían pasado por lo que ellos mismos definían como una "experiencia". Pero, en fín, ¿cuántos eran? Treinta tal vez, cuarenta. ¿Y los estudiantes de teatro? ¿Y los que van a los talleres de escritura? ¿Y los profesores? Más de uno argumenatará su ausencia: estábamos trabajando. Pero quien a lo largo del año prefiere usar una falta porque le duele la cabeza y no para ir a un seminario de Kartun, ya puede ir sabiendo con el déficit con el que ingresa al cielo del arte donde, es cada vez más notorio, al talento natural solo le dan forma el estudio y la reflexión. El sábado fue el primer concierto de Alex Panizza: tocó, a una altura digna de él, cuatro de las 32 sonatas de Beethoven que tocará a lo largo del año. La sala estaba casi cubierta, pero el promedio de edad de los melómanos era más bien alto. Cuando nos íbamos por el muelle del Parque, uno de los asistentes, que había venido a ver el concierto desde Buenos Aires, como si hubiese leído la paráfrasis de Guillén que rebotaba en nuestra cabeza, nos preguntó: "¿es que no hay Rosario estudiantes de piano? ¿dónde están a esta hora que no acá? ¿cómo es que los profesores no los obligan a venir, como parte de su formación?· No sabemos, en fin, cuánto se perdieron -en desarrollo de su sensibilidad, en conciencia de clase- aquellos obreros que no fueron a escucharlo a Guillén a Amigos del Arte, pero podemos ir lamentándonos de todo lo que se están perdiendo aquellos que invirtiendo la máxima socrática, creyendo que lo saben todo tal vez no sepan nada.

viernes, 16 de abril de 2010

Roll over Beethoven

Sucedió nomás: las conversaciones, siempre fluidas, fueron sin embargo largas. Pero en un momento del año pasado, Alexander Panizza y Gastón Bozzano, con Cintia Cristiá y este director como testigos, acordaron lo que para nosotros, modestamente, será el acontecimiento musical del año clásico en Rosario: la interpretación, por parte de Panizza, del ciclo integral de las sonatas para piano de Ludwig van Beethoven. En ocho conciertos (el primero, el 17 de abril, el último el 13 de noviembre) Panizza recorrerá las 32 sonatas de Beethoven compuestas entre 1795 y 1822 y definidas por Hans von Bülow, como lo recuerda Diego Fischerman en la presentación del ciclo, como un Nuevo Testamento. Esta tarde, en un rato, llega Carlos Neri a afinar el piano. Más sobre el fin del día, viene Panizza para ir soltando la mano. Mañana temprano vienen Ojeda&Palena a poner los equipos de grabación porque, ah, los conciertos, todos, serán registrados con los nuevos equipos con que este Centro cultural y los experimentados sonidistas darán forma, durante este año, a una singular joint-venture cuyos resultados, esperamos, sean tan extraordinarios como los conciertos que le dan origen. Como siempre, los esperamos.

lunes, 12 de abril de 2010

Kartun, el director y el maestro

En 2007 había venido Maurico Kartun al Centro cultural, a dar un seminario. Una de las noches, después de clases, fuimos a comer juntos y le preguntamos qué posibilidades había de traer a Rosario El niño argentino. Kartun miró hacia el techo de Doña Cata, como si hiciera cálculos, revisara una agenda, y después dijo que no, que no iba a poder ser, por lo menos a lo largo de todo ese año y el siguiente. Quedamos en que seguramente habría en el futuro otra oportunidad. Y la oportunidad empezó a dibujarse a fines del año pasado cuando Melania Barreiros nos propuso empezar la temporada teatral con Ala de criados, la nueva obra de Kartun, estrenada en Buenos Aires. Por supuesto, le dijimos a Kartun que queríamos que viniese el director, sí, pero también el maestro y entonces él nos propuso la idea del seminario de desmontaje: las dos mañanas siguientes a la puesta, Kartun arma una suerte de "disección poética" de la obra hasta llegar a sus imágenes iniciales y sus primeros borradores. La puesta va el miércoles a las 21.30, el seminario, jueves y viernes a partir de la 10 de la mañana. Entre la invitación y la aceptación han pasado tres años y estamos seguros -lo comprobaremos juntos, faltaba más- que ha valido la pena esperar.

viernes, 9 de abril de 2010

Paraná Ra'Anga XX

Un poco al azar, como sucedía en el barco, nos fuimos acomodando en el restorán asunceno, la noche de la última cena, que transcurrió sin novedad. Siendo los únicos clientes del restorán y sentados en mesas diferentes, parecía que aun estuviésemos en el barco, aunque todos un poco incómodos de vestir nuevamente ropas de ciudad. En el patio, después de la medianoche, hubo brindis de cierre y despedida. Recordamos, especialmente, el enorme trabajo de la editora Graciela Silvestri, de la asistente de edición, Lía Colombino -aplausos para Lía, claro está-, la creatividad y profesionalismo y buena vibra de todos los expedicionarios, hasta la de aquellos que finalmente no pudieron venir (qué lástima, Alejandro Grimson, Manuel Cruz, Jorge Silvetti, José Antonio Lasheras, Fátima Mereles), la felicidad de que nos acompañaran los becarios, el gusto de haberles podido ofrecer la posibilidad de una experiencia y de un aprendizaje no convencionales, la suerte de que nos hubieron podido ir acompañando, a lo largo del viaje, periodistas de Clarín, Crónica, agencia EFE, ABC Color, con el apoyo de Agustín Castañeda, desde Buenos Aires, que nos fueron ayudando a comunicar de qué iba y cómo seguía la Expedición, la alegría de que estuviera con nosotros Aula Río, con quienes armamos buena parte de las actividades en tierra -qué buena estuvo la de Barranqueras, eh?-, el queridísimo equipo de tierra y barco de Canal Encuentro y Señal Santa Fe, y la enorme expectativa puesta en los programas que empezarán a emitirse en el mes de octubre, el acompañamiento de nuestros amigos y compañeros directores Myriam Martínez, Ricardo Ramón y Pancho Marchiaro (que había llamado esa misma tarde desde Santiago de Chile, a ver cómo seguía todo), el apoyo de todo el equipo del Centro Cultural Parque de España y claro está, el espaldarazo, primero, de Ángeles Albert, quien supo ver bajo las aguas y, después, de Carlos Alberdi, el director de Culturales y Científicas de la AECID quien vio, en lo que parecía ser un final, un principio: el de eso que empieza ahora, una vez que se comprobó que la aventura y la incertidumbre y el riesgo también son componentes esenciales de las creaciones e investigaciones científicas, artísticas y culturales. Felices y emocionados, saludamos a todos quienes siguieron esta bitácora.

miércoles, 7 de abril de 2010

Paraná Ra' anga XIX

Fuimos, en Asunción, esa mañana del lunes 29, a los Archivos del Terror, tal como se conoce en el Paraguay al Centro de Documentación de los Derechos Humanos del Poder Judicial de la República, donde se guardan -y se muestran, claro está- los archivos -secretos hasta 1992- de la policía política de Alfredo Stroessner. De esos archivos surgió buena parte de la información acusatoria contra el llamado Operativo Cóndor, esa suerte de multinacional represiva de la que participaron los gobiernos dictatoriales de la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay en los años 70 y 80. Vimos, como pruebas de su existencia, fichas de ciudadanos argentinos perseguidos en el Paraguay por el gobierno paraguayo y entregados al gobierno argentino en el marco de la limpieza de posible conflictos con la que Stroessner preparaba el terreno para la vista de Jorge Rafael Videla, en 1977. Vimos el recorte de un diario que anunciaba la actuación en Asunción, en 1975, de la actriz María Rosa Gallo. Los nombres de los poetas que iría a recitar Gallo (Pablo Neruda, Miguel Hernández, Leopoldo Marechal) encerrados bajo una llave a cuyo lado se leía: "poetas comunistas". Vimos, pegado al recorte, un informe precisando no sólo quién era la actriz argentina, sino quién era quien la había contratado para actuar en Asunción, a quien el informante calificaba de "contrera". Daría gracia, sino fuera que no la da. A primera hora de la tarde, después de almorzar en el San Roque, fuimos al siempre conmovedor Museo del Barro, donde hicimos una visita guiados por nuestra Lía Colombino y después, firmes, al Juan de Salazar, en cuya biblioteca nos recibió Myriam para hacer aquella ronda de estados de proyectos e ideas acerca de cómo seguir con la Expedición una vez que la Expedición terminara -y ya estaba terminando y todos lo sabíamos. En el teatro del Centro, más tarde, el expedicionario ruidista Francisco López presentó lo que al principio pareció que iba a ser "Paraná-Ña", una obra de 55 minutos compuesta por López a lo largo de la travesía, con lo que nuestro querido pelado español se iría a convertir en el primer expedicionario en mostrar obra nueva, producto del viaje, pero finalmente problemas de reproduccion lo llevaron a presentar una obra anterior. El público, con los ojos vendados para no tener otras sensaciones que las auditivas, participó en mitades de la experiencia maquinista propuesta por López: una mitad, aturdidos, la otra, bravos y bravos. Myriam no estaba dispuesta a que estando en Asunción se nos ocurriera descansar, así que bien temprano a la mañana siguiente ya estábamos rumbo a Yaguaron,una ciudad de unos 30.000 habitantes, a 48 kilómetros de Asunción, cuna del Doctor Francia -inspirador, tal vez no haga falta recordarlo aquí, pero quién sabe, del extraordinario Yo el Supremo, del para siempre querido Augusto Roa Bastos, pero no era el museo dedicado al primero de los cuatro grandes -es un decir- dictadores paraguayos lo que nos llevaba hasta allí, sino la iglesia franciscana de San Buenaventura, su altar, sus figuras, sus púlpitos, y eso que esperábamos -y sucedió- fuera a contarnos sobre su composición, materiales y distintas restauraciones la expedicionaria historiadora del arte Gabriela Siracusano. Después nos fuimos a Itá, al taller de las ceramistas Juana y Julia, donde los expedicionarios, luego de ver el proceso de construcción de un cacharro, acelerado, claro, por los tiempos de la visita turística a nuestro pesar, en los que casi nunca se manifiesta el instante sagrado de la inspiración, se abalanzaron sobre el pequeño almacén: platos, caballitos de tres patas, cuencas de factura clásica, limpia, pero con indudables reverberaciones barrocas... los expedicionarios y becarios compraron en cantidad, como si hiciera un montón que no compraran nada. Así cargados nos fuimos hasta San Bernardino, a la casa del padre del expedicionario cocinero Ignacio Fontcalara, cocinero él también, donde nos recibieron, para usar la palabra justa, con una bacanal de sopa paraguaya, chipa guazu, asado de carne y de verduras, queso blando y miel, cerveza de la casa y vino argentino. Señor Fontclara: gracias otra vez. Y caminando de lo de los Fontclara nos fuimos a las orillas del lago Ycaparaí. La moza del Hotel del Lago, donde habíamos parado a tomar un café, ya nos había anunciado, entre risas, que tal vez el poeta estuviera borracho cuando escribió "Una noche tibia nos conocimos/ frente al lago azul de Ycaparí" pues es notorio, decía la señora, que sus aguas son negras. Pero a nadie le importó el contraste ni siquiera la explicación de que tal vez fuera que el cielo azul al reflejarse en las aguas les diera a estas el color que no tienen pues, como dijo el finalmente sentimental expedicionario ingeniero Santi González ante la magnificencia del lago negro, nada, ni siquiera el lago verdadero, puede hacernos olvidar la verdad de una canción. Sobre todo, agregamos, una de amor que, como todas las grandes canciones de amor, versan sobre amores no correspondidos, o desencontrados. Así la canta el trío Los Panchos, esa es la cara de la cuñataí, y con ese aire nos fuimos rumbo a la última noche de la Expedición.

lunes, 5 de abril de 2010

Paraná Ra' anga XVIII

Mérito de Pablo Ayala fue que el domingo pudiésemos almorzar un tremendo asado, hecho en una parrilla chilena -o así por lo menos las llaman en Neuquén a las parrillas armadas con un tambor de 200 litros acostado y partido al medio. Y antes del asado, en la cubierta del medio, Ignacio Fontclara, expedicionario cocinero, y Emilio Nasser, becario cocinero y fotógrafo, habían hecho un cebiche de boga, de una boga carnosa, rosada, que para nosotros, acostumbrados a la boga rosarina, que en el mejor de los casos es blanca, cuando no es directamente gris, más que boga era salmón. Un tímido brindis en cubierta con el cebiche, otros más en el comedor con el asado, en tanto el barco avanzaba firme hacia Asunción. Quedaba por delante, aun, una conferencia de Irina Podgorny, expedicionaria historiadora de la ciencia -¿o había sido el día anterior?-, otra de Milda Rivarola, expedicionaria historiadora, sobre Las mujeres del río, quedaba por delante ver cómo iríamos a ir llegando a Asunción, cómo iríamos a hacer para que eso, que era inevitablemente un final, pudiese convertirse en un principio. Resolvemos que ya en Asunción, en el Juan de Salazar, haremos una reunión, que dure lo que deba durar, en la que cada expedicionario y becario cuente sus expectativas a futuro y cómo se han ido modificado cada uno de sus proyectos en su puesta en acto. Decidimos armar a partir de marzo del año próximo un corredor cultural que desande el camino de la Expedición, de Asunción a Buenos Aires, con una suerte de exposición flexible que funcione tan bien en el centro cultural de Barranqueras como, por caso, el de Rosario. A partir de esa idea discutiremos los próximos días, ya en tierra. Sobre el fin de la tarde, discusión con Jenny, dueña del barco, pues el capitán Benítez dice que estamos llegando a Asunción a las dos de la mañana y que él prefiere que lleguemos a esa hora por unas razones que no acabamos de comprender -una vez más- y porque la tripulación está ansiosa por tocar tierra asuncena. Porfiamos, le decimos que no, que tenemos que llegar de mañana. Por una vez pedimos que el barco se retrase. Nos quedamos con Myriam un rato en el comedor, esperando que Jenny y Benitez acuerden o no acuerden con nuestra petición. Acuerdan. Después de medianoche fondearemos y haremos entrada a la bahía de Asunción con luz del día. Afuera, en tanto, sobre todo en la costa paraguaya, lucesitas aquí y allá indican que el paisaje ya está definitivamente antropizado (palabra que aprendimos en La Plata, dicha por el geógrafo Horacio Bozzano, y que no hemos podido dejar de usar desde entonces, a veces de manera apropiada, como ahora, y otras de cualquier manera, sólo por el placer de pronunciarla). A la mañana del lunes 29, muy temprano, el barco, que había estado parado varias horas, se pone otra vez en movimiento y muy lentamente se va dibujando a estribor el perfil de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, madre de ciudades. Una barranca alta, roja, cruzada de basurales que parecen suspendidos entre la tierra y el agua. Los locales van, paulatinamente, reconociendo allá la casa que se construyó el catalán dueño del astillero ("¡qué hermosa!", dice Milda), allá el estadio, allá las dos torres que, allá la bandera, una pincelada azul y otra roja en el medio de un cielo que y los gallos, cómo cantaban los gallos esa mañana y aun así no lograron despertarnos del sueño extraordinario que significaba para todos nosotros llegar finalmente a Asunción del Paraguay.

sábado, 3 de abril de 2010

Paraná Ra' anga XVII

Desde la costanera, en Formosa, veíamos, apenas cruzando el río Paraguay, de pocos metros de ancho, otra ciudad: Alberdi, que también es otro país, Paraguay. La aduana en Formosa, nos dicen, está abierta durante todo el día y toda la noche, pues hay tránsito permanente entre uno y otro país. Hay doscientos chicos paraguayos que viven en Alberdi que van a la escuela en Formosa. Muchas madres paraguayas vienen a parir a los hospitales formoseños, lo que da, nos cuenta el intendente local unas horas más tarde, esos casos sólo raros para quienes viven lejos, de doble documentación, o doble nacionalidad: al chico nacido en Formosa naturalmente se lo inscribe y se le da su DNI argentino; luego sus padres lo vuelven a inscribir en Paraguay. Acá enfrente, me dice el intendente, un hombre de unos cincuenta años que cada tanto nos pregunta si estamos a gusto y qué pensamos de la ciudad y de la provincia, son más conocidas las autoridades argentinas que las paraguayas. El año pasado, ilustra, vino el presidente paraguayo Lugo y lo acompañó nuestro gobernador Insfran: a Lugo no lo saludaba nadie y todos sabían quién era Insfran. Cierta o no la anécdota que nos cuenta Fernando de Vido, o más bien: aunque estén exagerados los contrastes del nadie y el todos, es verdad que la de la "pertenencia" es una tensión permanente en esos territorios en los que un límite físico -en este caso, además, bastante modesto- subraya, exageradamente, una limitación geopolítica. Nos viene a la memoria, casi sin llamarlo, ese hermoso argumento de Juan José Saer, llamado "Discusión sobre el término zona" en el que Lalo Lescano y Pichón Garay discuten, en el restaurant El Dorado, febrero de 1967, dos de la tarde, 37 grados a la sombra, acerca de la posibilidad de serle fiel a una región. Lescano, argumenta extensamente que no hay regiones, en tanto no es posible precisar los límites entre una y la otra: ¿cuál es el punto preciso en que se deja de sembrar trigo y se empiez a sembrar algodón? Garay no comparte el punto de vista de su antagonista. Acá, en fin, retomando: ¿dónde empieza el Paraguay y dónde termina la Argentina? ¿No será hora de empezar a diseñar lo que podríamos llamar "ciudades internacionales", territorios donde lo que ya está mezclado en la vida cotidiana (idioma, costumbres, moneda, tradición) se mezcle también desde el punto de vista institucional? A la mañana siguiente, ya en el barco otra vez, surcando las finalmente favorables aguas del río Paraguay, a una velocidad de de 7 u 8 kilómetros por hora, con la tripulación enfervorizada porque volverían a Asunción donde se habían embarcado el 24 de febrero, de algo de eso habló el paraguayo Solano Benítez, expedicionario arquitecto, cuando presentó el proyecto-utopía sobre, justamente, ciudades internacionales: la idea suya y de un grupo de arquitectos latinoamericanos, formulada bajo el imperio de la gran crisis argentina del 2001, de trasladar la capital paraguaya a Clorinda, Argentina. Queda estudiar más detenidamente ese proyecto, quedan todas las expectativas puestas en el trabajo sobre Formosa y Alberdi que está empezando a diseñar la becaria demógrafa Mariana Oeyen, queda toda la amabilidad de los formoseños al recibirnos, el paseo por la biosfera de la laguna Oca -y el entusiasmo de expedicionarios y becarios arremangándose los pantalones para meterse en la laguna, así sea hasta las pantorrillas, como nuestros tíos y nuestros abuelos, allá en San Juan, hace casi medio siglo- y queda también esa camarógrafa, Diana, que registró toda nuestra estadía en Formosa y que en un momento, en un aparte, nos llamó y nos dijo que ella querría ser de la partida el año próximo, en la segunda Expedición. Le dijimos que no habría segunda, que era esta, en todo sentido, una experiencia única, excepcional. Y entonces Diana ofuscada porque se rompía una ilusión, másticó, más para ella que para nosotros, un "la puta madre que lo parió". Lo interpretamos, claro está, como un sentido elogio a la empresa y con esa bonita sensación nos fuimos de Formosa. La Expedición estaba llegando a su fin.

jueves, 1 de abril de 2010

Paraná Ra´anga XVI

De Pilar, después de haber visitado el Cabildo, de haber escuchado, allí mismo, cómo un historiador local aprovechaba la ocasión de nuestra visita para solicitarle formalmente al Intendente –sentado a nuestro lado, sonriente- que hicieran finalmente del Cabildo –según entendimos, el único en el Paraguay de fines del XVIII y principios del XIX que sigue en pie- un museo con las piezas que estaba ahora mismo bajo llave y con autoridad competente –competencia y cargo para los que tal vez el historiador estuviese de algún modo postulándose-, después de haber paseado por esas hermosas dos plazas consecutivas, cada una con su respectivo busto de Solano López, después de haber entrevisto, un poco a las apuradas, las extraordinarias fachadas de las casas de una ciudad cuyo contacto con el exterior estuvo hasta hace muy poco tiempo limitado a unos pocos caminos sin asfalto, lo que le da un aspecto antiguo a su modo, o por lo menos antiguo en relación con la modernidad occidental del siglo XX que se desarrolla de los años 50 en adelante -de todo eso en Pilar no hay., después de haber visitado, cansados y con calor pero con nuestra curiosidad intacta, una de las pocas grandes fábricas del Paraguay, de telas de algodón, su aspecto dickensoniano, las interminables pilas de leña con las que funcionan las calderas, las volutas de algodón adheridas como nieve vieja a los techos, a los caños, a los pasamanos de las escaleras, después de haber visitado, también, la casa museo del fundador de la fábrica, donde se mezclaban añejas máquinas hiladoras con las hormas de madera de los zapatos del señor, su afeitadora –tal vez, pensamos, con sus propios pelos dentro, aun-, y una irregular colección de urnas funerarias (el modelo museo-almacén, que ya habíamos visto en La Paz, allá en manos del Estado, acá en manos de los nuevos dueños de la fábrica), después de haber sido agasajados por los dueños de casa y por el Intendente con una vuelta de chipa y manjares dulces, después de habernos despedido de nuestros anfitriones –a quienes llamamos huéspedes, solo para poner en circulación es linda doble acepción que tiene término, que designa tanto al recibidor como a quien es recibido-, después, decíamos, de todo eso, de Pilar nos fuimos un poco antes de la medianoche, no sin que antes algunos de los expedicionarios hicieran un alto en un almacén nebuloso para proveerse sobre todo de caña paraguaya, marca El aristócrata. Navegamos sin novedad toda la noche del viernes y la mañana del sábado. No había razón para que llegáramos a Formosa mucho después del mediodía, y así fue: al rayo solar de las tres de la tarde del día sábado 27 de marzo llegamos a la ciudad fundada por Luis Jorge Fontana en 1879: ni el sonido de la banda de la Policía que nos recibió con fanfarrias y un impensado repertorio de música popular (“Cuando los santos vienen marchando”, entre otras interpretaciones), ni la simpatía de los niños de las escuelas que inmediatamente irían a conocer el barco, nos hicieron olvidar que fue allí donde el Paraguay estuvo retenido durante siete horas por la Prefectura, que aquí se labró el acta de infracciones que al Crucero le costaría cinco días levantar en Rosario y que tuvo en vilo a la Expedición: algo de todo eso se respiraba en el aire (en el aire de todos: de los que subían y de quienes estábamos arriba) cuando de Prefectura y Aduana vinieron a revisar papeles antes de que el barco dejara suelo argentino, tal vez por última vez.