sábado, 27 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XV

La noche del lunes 22 llegamos a Corrientes, cinco días, dos horas y quince minutos después de haber zarpado de La Paz, con amarres fallidos por una u otra razón en Goya y Barranqueras. Al día siguiente, a la tardecita, por tierra, vía el puente general Belgrano, que la noche anterior habíamos pasado por debajo, cruzamos a Chaco y fuimos finalmente a Barranqueras, a un modesto centro cultural donde se presentaba “Cuento s de la llanura y del monte chaqueños”, una compilación de cuentos que señalan el paso de Horacio Quiroga por el monte del Chaco, cerca de El Saladito, entre comienzos de 1904 y mediados de 1905, tentado por la ambición de convertirse en agricultor. Allí ambientó “La insolación”, “El monte negro” y “Los cazadores de ratas”, entre otros cuentos. De la presentación del volumen, acompañada por una exposición de fotos y documentos titulada “Horacio Quiroga en el Chaco”, participaron Alejandra Liñán y Aledo Luis Meloni, un señor de 98 años, estudioso de la vida de Quiroga que, cuando eso era aún posible, conoció y entrevistó a muchos de los amigos de Quiroga de Misiones, esos que inspiraron los cuentos de “Los desterrados”. Ahora, tal vez para devolverle algo a provincia a la que llegó en 1937, proveniente de Buenos Aires, con un título de maestro, profesión que ejerció sobre todo en el campo durante 20 años, Meloni se ha impuesto devolverle al Chaco lo que le corresponde en la construcción del imaginario quiroguiano, hoy sobre todo en manos del ambiente misionero. Esa misma noche cantó un coro toba y más tarde Jorge Fandemole y Coqui Ortiz compartieron parte del repertorio de cada cual en algo que ambos se encargaron de señalar que no era un recital, cuando sin embargo lo era.

La mañana del 24, en Corrientes, empezó con la visita al barco del intendente y parte de su gabinete. Más tarde, muchos de nosotros fuimos a Riachuelo, un pequeño municipio a 13 kilómetros de la capital; allí almorzamos, al lado del Puente Pexoa, famoso por aquel rasguido doble que todos saben cómo empieza –“Te acordás mi chinita del Puente Pesoa donde te besé”- pero nadie sabe cómo sigue ni cómo termina, que es un poco como nos sucede con esta expedición. El miércoles a medianoche zarpamos de Corrientes con destino a Pilar. Íbamos, según parecía, viento en popa hasta que a las 11 de la mañana del jueves uno de las decenas de troncos que bajaban a velocidad alarmante por el Paraguay trabó la hélice de uno de los motores. Estuvimos cinco horas parados frente a tierra paraguaya, un barro arenoso carcomido por el río, arboles sin sustento caídos en la costa, vivos aun, florecidos y horizontales, humedales , humedales, humedales. Finalmente, volvimos a zarpar. De la costa chaqueña se oía el aullar de monos y cada tanto, un rancho, unos pescadores en la costa con una modesta línea y una bicicleta o una moto echada al lado, más, parecía, en busca de entretener el ocio que de sustento. También, dispersos, caballos, vacas, unos cebúes flacos, blancos y allá, en lo que parecía ya costa paraguaya pero era una ilusión producto de un curvón del río, un enorme silo que alguien identificó como Las Palmas. También, del lado chaqueño, unos palmares que parecían jóvenes, el tronco esbelto, claro, la copa redonda aun, no desmelenada, durante un largo trecho, pero ya sabemos que acá se ha enrarecido la ecuación tiempo y espacio y eso que sucede, por ejemplo, durante, una hora, puede significar apenas un kilómetro. Así sucedió a la mañana siguiente. La expectativa de los expedicionarios y los becarios por ver y registrar la desembocadura del Bermejo en el Paraguay y el límite natural entre Chaco y Formosa, que sucedería, según el capitán, entre las 7 y las 9 de la mañana puso de pie a todo el mundo bien temprano y el puente de la proa, habitualmente apenas poblado a esa hora, explotaba de entusiasmo, mates que iban a venían, cámaras de todo tipo, hasta unos binoculares, y una palabra que se puso de moda de manera inmediata: pigmentación. La pigmentación, además de la densidad del agua, es lo que le da el Bermejo al Paraguay primero y luego al Paraná. Hay que decir que en esta época del año, luego de las enormes lluvias en el Noroeste, también le da velocidad a la corriente. Eso que llamábamos en nuestras conversaciones antes de zarpar “el sifonazo del Bermejo” y que haría reducir la velocidad crucero del barco -6 kilómetros por hora- a unos 4 o 4 y medio. Como siempre en esta Expedición, los cálculos fueron optimistas y la máquina no lograba subir el kilómetro y medio por hora, a veces llegaba a punto 8 y, según Vaccarezza, debíamos de estar contentos pues esa misma noche un petrolero directamente había sido vencido por la fuerza de la correntada: no es que haya sido arrastrado, sino que no pudo avanzar, durante horas. Con ese incierto pronóstico, avanzábamos. De 7 a 9 pasó a ser de 9 a 11 y luego “antes de la dos de la tarde”, cosa que resultó ser, otra vez, un optimismo paraguayo. La costa chaqueña no presentaba novedades con respecto al día anterior, pero la paraguaya parecía más viva. Cada tanto un rancho (el techo irregular de paja brava cubierto con un enorme nylon azul, rojo o amarillo) con un corral –uno o dos caballos, unos gallináceos negros, de movimientos torpes, desplazándose a los saltitos, cuervos tal vez o jotes, según agregó uno que no se sabe si sabía pero a quien nadie desmintió, se paseaban por el patio de tierra del rancho, como si fuesen patos, o gallinas. De uno de ellos, de una formación de pescadores, tres botes atados a la orilla, un fuego detrás, uno levantó un enorme pescado, como un trofeo, a la lejanía. Surubí, mínimo treinta kilos, dijo Vaccarezza. A veces, también, una carpa de dimensiones reducidas, un bote con motor fuera de borda atado a un árbol y un hombre joven sentado en la orilla, fumando. ¿Pescadores también? No, contrabandistas. O eso nos dijeron. No podemos saber si es verdad, pero sí es cierto que si la hipótesis no se derrumba sola es porque la frontera entre uno y otro país parece ahí al alcance de la mano –o de un bote, aun sin motor fuera de borda- y en tanto no se borren los límites entre uno y otro país, quien quiera cruzarlos ahorrándose los trámites aduaneros, está claro que bien puede hacerlo por acá. Cerca de las cuatro, a babor, empezó a verse la línea rojiza del Bermejo y bajo la superficie del Paraguay empezaron a dibujarse unos extraordinarios corales de arena, unos manchones móviles, inquietos, dorados, rojos, ocres, que atravesaban el río de costa a costa para reunirse, suponemos que según el movimiento de las corrientes, del lado paraguayo, que se volvía imprevistamente rojo, para después sí, mezclarse con el Paraguay para darle a este su característico color marrón oscuro (chocolate, o tabaco, fueron algunas de las decenas de comparaciones a las que fue sometida su coloratura tan particular). Una hora más tarde desembarcábamos en Pilar. Habíamos llegado al Paraguay, y ese, para nosotros, aun navegando, difuso “bienvenidos a mi país” con el que nos había saludado la mañana anterior la tripulación del barco, cuando no volvieron a izar la bandera argentina, se volvió más real en tierra firme. Estábamos a la vez en nuestra patria y en el extranjero.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XIV

Al final a Barranqueras –que podría pasar a llamarse Puerto Deseado- no llegamos nunca. Teníamos arreglado que a las cinco de la tarde una lancha vendría a buscarnos a la boca del arroyo que entra al Puerto y que en dos viajes una veintena de nosotros desembarcaríamos para asistir a la recepción oficial y al concierto que a la noche darían nuestro Jorge Fandermole con Coqui Ortiz y el Seba Ibarra. Después del mediodía una neblina cargada de agua difuminaba los contornos de las costas chaqueña y correntina y más tarde se largó a llover. No sabremos nunca si fue por la lluvia que la Prefectura no dejó salir a la lancha que vendría a buscarnos, o porque el lanchero que habíamos contactado por teléfono no tenía autorización para llevar pasajeros, lloviera o no, y el mismo lanchero, en dos comunicaciones sucesivas con dos interlocutores diferentes, abonó una y otra versión. En todo caso, ya eran las cuatro de la tarde, llovía a cántaros y no había plan alternativo. Seguiríamos entonces camino a Corrientes, donde llegaríamos, si no había nuevos contratiempos, a la hora de cenar. Paréntesis para este poemita de Rafael Alberti sobre otro Paraná lluvioso: “Bruma y llovizna en el Sena/ ¿Pero porqué estos caballos/ mirándolo?// Puentes de París y orillas/ de álamos.// Por un Paraná de bruma// hoy vuelvo a Francia a caballo”. Verán que el poema sigue el razonamiento retórico –aunque no formal- del poema de Juanele Ortiz “En el Yan-Tse”, ese del famoso, para nosotros por lo menos, estribillo que dice “Llueve en mi corazón y llueve sobre el Yan Tse”: en ambos poemas, el río extraño y lluvioso recuerda, melancólicamente, al río propio: la extrañeza remite a la intimidad. A nosotros, bajo la lluvia, este Paraná desconocido nos recuerda a como imaginamos que sería cuando decidimos embarcar para conocerlo: la imagen de la realidad se superpone, se monta encima de la de la imaginación y ese reconocimiento amoroso se manifiesta bajo la forma del éxtasis. Así, en ese estado, vamos siguiendo la costa chaqueña, el cartel blanco, casi invisible, que dice “Apeadero/ kilómetro 1682/ La Palometa”, dos pescadores bajo el agua de la lluvia, sobre sus canoas, casi invisibles, cubiertos con capas amarillas.

martes, 23 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XIII









Foto: Soledad Rodríguez

También aquí el verano, aun terminándose, impone su compleja retórica de calor extremo, baja de presión y tormenta. Así fue que en la noche del domingo, en tanto se desarrollaba el que hasta aquí ha sido el debate más intenso y peleado de la Expedición, sobre medio ambiente, el baqueano Vaccarezza nos llamó para decirnos que el capitán estaba buscando amparo en la costa, que la cola de la tormenta que durante todo el domingo había azotado a Buenos Aires, Rosario, Santa Fe y Paraná finalmente iría a alcanzarnos y que, vista su magnitud, era mejor tomar la previsión de detenernos. Así fue, en un estrecho canal, amarrados a la costa correntina pero pegados, a babor, a la chaqueña. Y así estuvimos hasta las 6 de la mañana, encerrados entre dos extraordinarios primeros planos de una tierra que seguía sin embargo inalcanzable. Ni el viento ni la lluvia ni la electricidad que parecían, si nos asomábamos a cubierta, envolver el mundo entero, afectaron mayormente la actividad en la embarcación, el fin del debate, las conversaciones a la hora de la cena sobre el debate anterior y ese lento deambular de los expedicionarios en el largo comedor, algunos murmurantes, otros callados, hasta que finalmente todos se fueron a dormir. La perspectiva de llegar a Barranqueras a la hora prevista volvió a derrumbarse y empezamos desde temprano a descartar alternativas. La primera, ir en lanchas hasta Empedrado, por cuya costa habíamos pasado a las 7 de la mañana, y de ahí ir por tierra hasta Barranqueras, fue desestimada por Prefectura, en tanto debido a la altura y al estado de excitación de las aguas después de la tormenta, no se autorizaba la salida de lanchas con pasajeros. La segunda, volver hacia atrás en el mismo barco hasta Empedrado, fue desestimada por el capitán: el puerto de Empedrado está fuera de operaciones desde hace tiempo. Nos queda la opción de seguir rio arriba, esperar que no haya contratiempos climáticos y que, cuando se presente Barranqueras en el horizonte, venga a buscarnos una lancha y nos lleve a tierra, que hace cinco días que no pisamos, en tanto el barco irá a amarrar a Corrientes. En Corrientes despedimos a varios de los expedicionarios: Jorge Fandermole, Susana García, Sergio Forster, Claudia Tchira, Félix Rodríguez –que sigue por tierra hasta Asunción, donde volveremos a vernos. Y suben varios, algunos llegando desde Madrid –Santi González, Miguel Aguiló, Andrés Loiseau- otros desde Asunción –Milda Rivarola, Fátima Mereles, Solano Benítez. Llega –debe haber llegado ya -Irina Podgorny, desde Berlín. También llegan nuestros compañeros Ricardo Ramón y Myram Martínez, Mar Marín, de la agencia EFE, que reemplaza al querido Joan Faus que nos acompaña hasta aquí y Cecilia Vallina, de Señal Santa Fe. Y ya de Corrientes hasta Asunción, somos los que somos, sin modificaciones. Ah, sí, Laura Glusman que se bajaba en Corrientes sigue finalmente hasta Asunción y Pablo Ayala, del equipo logístico de la Expedición, que ya ha logrado, como cada vez, hacerse querer por todos en una tarea a veces ingrata, nos acompaña también hasta el final.

A esta altura, las líneas de espacio y tiempo se cruzan, se difuminan, y si Barranqueras, donde debíamos haber llegado el domingo y donde llegaremos el lunes a la tardecita, parece cada vez más lejos, un puerto inalcanzable, Asunción, aun a siete días de marcha parece que queda acá nomás, según puede verse en las caras de algunos expedicionarios que ya entreven la melancolía futura cuando, por ejemplo, esa barranca alta de Corrientes que se ve a estribor con una rayita de playa que recibe las humildes olas que va echando el Paraguay a su paso sean un recuerdo difuso, la imagen de un entresueño que nadie sabrá si tuvo mientras dormía o cuando estaba despierto.

lunes, 22 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XII

Amaneció el domingo y pareció que ya habíamos cruzado el paralelo 28 y que entonces habíamos dejado atrás la provincia de Santa Fe y empezado a bordear la costa de la del Chaco aunque, francamente y a simple vista no pudiera distinguirse dónde empezaba una y terminaba la otra. Dos horas más tarde, sin embargo, con mapas en la mano, vemos que no, que aun falta para llegar a Empedrado, la primera población correntina frente a Chaco que encontraremos en la ruta y que nos dará una referencia clara de tierra. Entretanto, las barrancas correntinas han desaparecido, al este el horizonte ha bajado al ras del agua, se ha equiparado al nivel del suelo chaco-santafesino lo que da una perfecta visión en redondo de 360 grados completos, como si estuviéramos en la pampa, o en el medio del mar, con una coloratura sin embargo cambiante en la que predominan el verde y el marrón que iluminados por la primera luz del día que a su vez se refleja de manera cambiante también en la superficie lisa del río, embriaga por completo los sentidos, al punto de que eso que se ve parece también estar sonando –aunque lo que se escuche, estrictamente, sea el ruido sordo del motor- y parece también estar oliendo –aunque lo que se huela en verdad sea el perfume del agua fresca con la que Víctor acaba de baldear la cubierta del barco.

Una reseña de actividades mientras navegamos tal vez ayude a dar una idea de la situación: la noche del jueves Oscar Edelstein, Jorge Fandermole y Franciso López presentaron en el subsuelo, en lo que sería cuando el barco cumple su habitual función turística una sala de baile, parte de las composiciones en las que están trabajando en el barco. Edelstein mostró una grabación de su obra Camalote, Fandermole el boceto, según aclaró, de una canción que a todo el mundo la pareció sin embargo que estaba terminada y en cuyo estribillo, “subiendo el río hacia atrás”, vimos el leit-motiv de la Expedición y López, por problemas de reproductibilidad, no pudo mostrarnos las cosas que había estado grabando desde que nos encontramos en Buenos Aires el viernes 5, en lo que ya parece otra capa geológica en la vida de todos nosotros, pero por lo menos pudo hacer una presentación acerca de eso que a falta de mejor palabra llamamos “ruidismo”. Dicen los noctámbulos que hubo polémica hasta las 4 de la mañana, sobre todo porque la desafiante posición de López en contra del arte como representación generó si no encono por lo menos recelo entre cronistas, paisajistas y artistas de alguna u otra manera representativos que forman parte de la Expedición. López, como nosotros, dormía a esas horas, así que se perdió la extensa refutación. El viernes -¿habrá sido el viernes?- Gabriela Siracusano, con rígido tono docente contrastante con la dulzura con la que se la escucha a veces canturrear en cubierta, presentó un trabajo sobre “La materia del arte en América” y el sábado, también en el subsuelo Charly Reboratti, Clauida Tchira y Sergio Forster expusieron acerca de “Mapas, escalas, registros”. Mención especial para el geógrafo Reboratti, tal vez el más inquieto y curioso de todos los expedicionarios quien, a pedido de Anna Subirtas, la becaria que lleva la página de la Expedición, www.paranaraanga.net, convirtió las cartas a su mujer en imprevistas y variadas crónicas de viaje. El domingo a la mañana, en cubierta, Coco Bedoya dio un taller sobre serigrafía –con intervenciones de Siracusano acerca del uso del grabado en las ilustraciones de las crónicas de los siglos XVI y XVIII- e inmediatamente Félix Rodríguez dio uno sobre paisajismo, con exposiciones teóricas de la editora Graciela Silvestri. De las serigrafías, luego colgadas en cubierta, elegimos los pececitos de María Moreno; de los paisajes, le preguntamos opinión a Daniel García, quien primero selecciónó una terna (Anna Subirats, Fandermole, Susana García) y votó finalmente por Subirats. A la tarde, el sociólogo Joan Subirats, que resultó ser el padre de Anna, aunque las razones porque estén ambos a bordo no están relacionadas con su vínculo parental, presentó en el subsuelo unos cortos sobre “soluciones locales a problemas globales”, basados en estudios de casos en el Brasil y en España, de integración social a través de arte o de experiencias comunitarias basadas en políticas públicas. Quienes allí estuvimos, lamentamos –un poco- que el registro de casos originales haya sido tomado subvaluando la potencia del audiovisual. No es que nosotros, que no nos animamos a convertir esta crónica escrita en un mísero video, pese a que tenemos en carpeta el papelito en el que Alejandra nos anotó cómo grabar uno en cinco pasos, nos las vayamos ahora de los príncipes de la tecnología, pero tal vez sí estemos en condiciones de reclamar un poco de amor a la forma, como sabe quien lo haya leído que lo tiene Subirats. Y nomás terminada la proyección y el debate, otra vez a cubierta donde Edelstein comenzaba a dirigir el segundo ensayo de la antífona que escribió para las voces de la Expedición. Pese a haber pasado la estricta selección del mismo Edelstein y de Fandermole para ser una las voces guía del coro, junto con las de Siracusano y Llinás, no pudimos participar del ensayo, pues debimos quedarnos a decidir cómo sería la entrada a Barranqueras. Parece finalmente que el barco quedará en la boca del arroyo y que llegaremos al querido puerto chaqueño en lanchas. Eso será mañana lunes, después del mediodía. Ya tendrán noticias.

domingo, 21 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XI

Al final el trasbordo no fue a medianoche, sino a las 8 de la mañana y tampoco fue desde una lancha de Prefectura sino desde una de la secretaría de Producción de Goya. Lo último lo supimos cuando finalmente apareció la embarcación, la proa golpeando contra el agua brillante y mansa en la boca del riacho que lleva desde el puerto de Goya al Paraná. La esperábamos desde las 7 en el puente del barco, los que habitualmente amanecen arriba –Llinás, Soledad, Bonelli, Daniel García- y los que nos despertamos temprano para despedir a los que se iban y recibir a los que llegaban. Lo primero, que el trasbordo sería el viernes a la mañana y no el jueves a medianoche, lo supimos a medida que avanzaba el jueves y, otra vez, el mando del barco y la Prefectura atribuyeron al otro la frustración de nuestras expectativas. Para Prefectura, el capitán del barco dijo no tener órdenes de recibir una lancha a medianoche; para el capitán, él se quedó esperando una comunicación de Prefectura que nunca llegó. Nuestro baqueano Vaccarezza parece no querer enemistarse con unos ni con otros y cuando le preguntamos dónde cree él que anida el problema, frunce un poco la cara detrás de sus lentes de sol y dice “y, es muy jodido, muy jodido…”, marcando fuerte la eme del adverbio cuando lo pronuncia por segunda vez. Así vamos. A las ocho entonces llegó la lancha desde Goya trayendo a cuatro nuevos tripulantes; en la primera vuelta, se fueron cuatro de acá. Luego la lancha fue y vino varias veces, llevando y trayendo a personal de la agencia marítima, a una reportera y un cámara de un canal de Goya y algunas provisiones de necesidad extrema para parte del pasaje (cigarrillos, tarjetas de teléfono, botellas de agua tónica marcan el registro de la urgencia de cada cual). Cuando íbamos a zarpar (y cada hora que pasaba era una que nos retrasaba de nuestro destino siguiente) se rompió el malacate con el que se levanta el ancla, lo que nos mantuvo parados una hora más -todo parece contribuir a ralentar la marcha del Crucero Paraguay, como si no marchara lento de todos modos. Recién a mediodía volvimos a zarpar. Nos separan 55 horas de Barranqueras, Chaco, donde deberíamos llegar entonces a la tarde del lunes, casi un día después de lo que estaba previsto. Más que a nosotros, que parecemos –y nos hemos propuesto ser, faltaba más- una especie de pájaro guardián que vela por las mejores condiciones de creatividad, pensamiento y estudio de todos los demás- nadie parece preocupado por los sucesivos retrasos de la embarcación. A diestra, las barrancas altas de la provincia de Corrientes, más visibles tal vez por el desmonte, que les dan, en el techo, perspectiva y realce, contrastan con el paisaje achaparrado y monótono de la sin embargo hermosa costa santafesina. Un ejército de nubes, sobre la costa correntina, en vez de perturbar el azul del cielo de verano, lo acompaña, lo carga de intensidad y de cierto dramatismo. No pasará más que un almuerzo, una siesta, nada de nada, para que imprevistamente, todo el cielo se vuelque rojo sobe la costa de Santa Fe: ha terminado el día.

sábado, 20 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga X

Acuarela de Daniel García








Salimos de La Paz a las siete de la tarde, destino Goya. Preveíamos 48 horas de navegación, sin paradas, lo que daría lugar a buena cantidad de actividad interna, que empezó esa misma noche del miércoles 27 con una lectura de poemas de D.G.Helder. Primero, unos de Juanele Ortiz, leídos desde sus ejemplares originales, esos libros altos y anchos, con mucho aire y letra diminuta que no circularon durante años y que le importaron a muy pocos y que ahora son objeto de devoción de coleccionistas (y fetichistas) y que Julia Solomonoff había recogido en casa de sus tías en Paraná y sumado a la cada vez más variada y compleja biblioteca del barco, parte de la cual será donada antes de llegar a destino, aun no hemos decidido si a una biblioteca pública de Pilar o de Formosa. Helder después de los de Ortiz, leyó varios poemas propios, mientras escanciaba en un vaso alto cerveza Baviera –la preferida de las que ofrece el bar del barco- que se mantenía fría en lo que acá se llama una champagnera, allá una frapera y en todas partes, cuando acaba al afrancesamiento baladí, un balde.

A la mañana siguiente, Ignacio Fontclara, en cubierta y con la compañía de Mito Sequera y Bartomeu Meliá como referencias antropológicas y teológicas, dio un taller sobre chipá o, como decía él, chipa, palabra grave: dos bolsas de harina, agua, huevos, una salmuera de naranja, un puñado de anís: así empezó. Cuando terminó eso que parecía que iba a ser una clase de cocina y si lo fue lo fue con variaciones, el clima había cambiado considerablemente, el viento soplaba no regular como hasta ayer, sino cruzado, brioso, el río se puso imprevistamente crespo, empezó a levantar olas y finalmente se largó a llover, rabiosamente. No por la lluvia sino por el viento y el consecuente oleaje, el barco buscó amparo en las islas, en lo que el capitán imaginó una bahía, en el límite entre Entre Ríos y Corrientes: un corral inundado, una casita de chapa aparentemente abandonada. De parte nuestra, sólo los intrépidos paraguayos de la tripulación pisaron tierra para amarrar el barco contra la costa, y este comentario de Pere Joan: “Bonito lugar ha elegido el capitán para que muramos todos”. Dos horas y media más tarde, volvimos a zarpar. Goya empezaba a quedar cada vez más lejos. A la tarde, los paisajistas, que se juntan a dibujar en una cubierta a babor, en tanto había cambiado el color del paisaje (los verdes eran ahora oscuros, el cielo de plomo) habían cambiado el modelo también: de Espino a Turner, por decir. Así pasamos frente a Esquina: dos torres altas, rojas, a lo lejos. A las siete diluviaba, y mientras Meliá daba una charla abierta sobre sus experiencias en comunidades indígenas en el Brasil y en Paraguay, el capitán prendió el enorme farol del barco para buscar, en las islas, señales que le indicaran –él sabría leer-posibilidad de amparo otra vez, hasta que el cadenón tenso del ancla marcó que estábamos haciendo pie frente a la isla. Así estaremos, anclando y volviendo a navegar, según mandara el viento, hasta que a las 1 y media de la mañana el capitán decidió que no daba para más y en tanto caía agua a baldazos sobre babor, los radares salpicados no devolvían información confiable y el hasta entonces celebrado equilibrio del barco cedió por primera vez desde que zarpáramos de Rosario –un perceptible vaivén que duró lo suficiente como para ser vuelto relato por todos a la mañana siguiente, a la hora del desayuno- echamos ancla hasta las 5 media. Que los más jóvenes festejaran hasta tarde el cumpleaños de uno de ellos no disipó el clima de inquietud que sobre los mayores despertó la tormenta que duró, persistente, toda la mañana. A Goya ya no iríamos a llegar de ningún modo y el intercambio de pasajeros –bajaban ocho, subían cinco- se haría antes de medianoche, en un trasbordo entre una lancha de Prefectura y el Paraguay.

viernes, 19 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga IX

Llegamos a La Paz como gateando. La persistencia del viento norte nos hizo navegar desde el amanecer a un promedio de 1,5 kilómetros por hora, de modo de que la llegada, prevista para las 9 de la mañana, se retrasaba según pasaban las horas. Al mediodía, finalmente, amarramos en el puerto. Nos esperaba una columna de alumnos de la escuela primaria, una banda que interpretaba aires tiroleses, gente suelta atraída por la impactante presencia del Paraguay y buena parte del gabinete del gobierno municipal que venía a recibirnos a nosotros y a su jefe, Francisco Nogueira, que había subido al barco en Paraná. “Me estoy acostumbrando a las recepciones y a los intendentes, dijo Oscar Edelstein: me estoy volviendo un artista plástico”. Notoriamente, como prueba de la buena convivencia entre los expedicionarios o porque sintieron que la broma no los alcanzaba, los artistas visuales –según preferimos llamarlos nosotros- festejaron la ocurrencia del compositor paceño, criado en Paraná y residente en Buenos Aires adonde llegó hace muchos años con una carta de recomendación para Juan Carlos Paz firmada por Juanele Ortiz. El hecho de que Paz estuviese muerto cuando llegó Edelstein a Buenos Aires, con una carta entonces sin destinatario, promovió, muchos años después, la composición de una obra, El hecho, cuyo asunto, es, justamente, el fantasma de Paz: de eso y de otras cosas había hablado Edelstein en Paraná, en una clase magistral que dio en el teatro Tres de febrero la última tarde antes de zarpar.

En La Paz conocimos museos, ferias de artesanos, la extraordinaria – y victoriosa- lucha social y civil que llevaron adelante paceños y santafesinos de San Javier contra el proyecto de la represa del Paraná Medio y también, un poco de costado, la historia de los hermanos Kennedy –“los Kennedy del sur” los llama en su novela Daniel González Rebolledo- tres partidarios paceños del partido Radical que en 1932 participaban de una alzada nacional contra la dictadura del general Uriburu. El hecho es que los radicales, ante la falta de apoyo, suspenden el levantamiento, los Kennedy no se enteran y se levantan igual. Perseguidos por el gobierno nacional, bien baqueanos, se esconden en las islas, esas mismas que estamos viendo ahora desde las barrancas altas, en las termas, y terminan escapando al Uruguay. Más tarde, bajo la sombra de una arboleda, Jorge Fandermole –que a bordo, sentado en cualquier parte, anota cosas mientras conversa con Mito Sequera pues, nos dicen, está componiendo su primer disco en guaraní (y, agrega Sequera a la versión, “vieras qué bien que pronuncia, che”)- interpreta algunos temas suyos –no falta, a pedido del público, el Cristo de los pescadores- y, como una devolución a los amables paceños, “Peoncito de estancia”, uno bien lindo de Linares Cardozo, el gran compositor de La Paz de quien Liliana Herrero, cuando nos íbamos de Rosario, había hecho “Canción de cuna costera”, ese que empieza “Gurisito costero, duérmase”. Después de Fander, tocó un trío chamamecero y el Chino, a la sazón director de cultura de La Paz, se le animó también a la guitarra y a sumariar una historia de la chamarrita, un subgénero litoraleño cuyo ritmo, dijo, citando a Cardozo, es el del trote del caballo cuando va sin bridas. Así nos fuimos de La Paz, a las siete de la tarde del miércoles 17 de marzo de 2010.

jueves, 18 de marzo de 2010

miércoles, 17 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga VII

Ahora viajamos de Paraná a La Paz, promedio de velocidad: 5, 5 kilómetros por hora. Es improbable que podamos enviar esto antes de mañana a la mañana. Estamos, como en aquel hermoso poema de Joaquín Giannuzzi, sin señales. La partida de Paraná, anoche, tuvo carácter alegre: todos contentos de volver a navegar. En Puerto Sánchez, antes de salir, comimos pescados cocinados de cuantas maneras puede imaginar el hombre, cuando imagina bien. Y un señor musicalizó unos poemas de Juanele o, mejor dicho, les puso otra música de esa tan linda que ya traían. Esta mañana, antes de almorzar, nos rondó un helicóptero del gobierno de la provincia de Santa Fe que vino a tomar imágenes del barco para la serie que está filmando Julia Solomonoff para Señal Santa Fe y Canal Encuentro. Salvo los ensimismados, que siempre los hay, que ni siquiera notaron la presencia de tan singular huésped fugaz, para todos los demás, de alguna u otra manera, la visita explotó en reverberaciones referenciales: cinematográficas, literarias, musicales y, también, sentimentales. Después, presentación de los expedicionarios que subieron en Paraná y un largo convivio sobre actividades en tierra: para qué, con quiénes, para quiénes, por qué. De parte de algunos, la inquietud de que la agenda de tierra los distrajera de sus objetivos: componer, escribir, estudiar, bocetar. De parte de otros, en cambio, la certeza de que en esas mismas actividades, más o menos interesantes, mejores o peores según cada quién, bulle el magma de lo imprevisto y de la sorpresa, que es algo que también hemos venido a buscar. A la noche, debate sobre la visita a El Obrador, en Rosario. Inquietud de los expedicionarios acerca del rol que jugarían, sentados en unas sillas, viendo la representación de una danza toba hecha sobre una música de Ariel Ramírez. Y, naturalmente, inquietud acerca del rol que jugarían, en esa misma escena, las mismas tres mujeres tobas bailando ese baile que, notoriamente, dos de ellas ni siquiera se lo sabían bien. Las intervenciones de padre jesuita Bartomeu Meliá, recién llegado al barco pero como si viniera desde Tigre, del antropólogo Guillermo Sequera, de la museóloga Lia Colombino, propulsora del debate, indican, por lo pronto, que eso que para los argentinos es un problema más o menos reciente –en términos de conciencia, de intervención intelectual y de ocupación por parte de Estado- en el Paraguay, como en el Brasil, es un asunto de más larga data debido, entre otras cosas, a la cantidad de “naciones” indígenas que viven en esos países. Identidad, integración, territorio: por ahí pasó el debate, acalorado. Cuando llegaba la hora de la cena y propusimos, según el rol que nos ha sido asignado o que tal vez nos hayamos autoasignado, ir cerrando la conversación, nos miraron y nos dijeron; esto queda abierto. Así será.

martes, 16 de marzo de 2010

Paraná ra'anga VI

Cruzamos de Santa Fe a Paraná por tierra, bajo el río, túnel subfluvial Hernandarias. Cada vez que hay una inundación brava, como esta vez, y el río llega cargado de agua rápida desde la desembocadura del Bermejo para abajo, se dice que el túnel va a reventar. Pero no revienta nunca. Ahí está, intacto, con esa estética bien de la época en la que fue construido, hace unos cuarenta años, cuando a los funcionalistas se les ocurrió que los azulejos de doce por doce celestes o verde agua podían ir bien en cualquier parte, además de en el baño. Mientras nosotros visitábamos el jardín botánico de especies autóctonas fundado y diseñados por Juan de Dios Muñoz, en Oro Verde, a 11 kilómetros de Paraná, el barco llegaba al muelle más cercano a la Prefectura donde, según uno de nuestros expedicionarios que se había quedado trabajando a bordo, lo recibió una multitud. Cuando bajaron sus ocasionales ocupantes y recibieron el aplauso de esa multitud tal vez, quién sabe, hayan tomado como propio eso que no era para nadie y que era, sobre todo, una celebración por la maravilla del símbolo de los símbolos del río: el barco. Pero no cualquier barco, sino el barco lleno de gente. Eso es, entre otras cosas, lo que estamos tratando de reponer con esta travesía.

lunes, 15 de marzo de 2010

Paraná ra'anga V

Salimos nomás después de la medianoche: el Monumento a la Bandera, el CEC, el Parque de España, el Macro, la cancha de Rosario Central: una galería de imágenes de la vieja y de la nueva ciudad iban pasando lentamente, casi a paso de hombre y allá, lejos, tan lejos como una expectativa, el puente Rosario-Victoria, el segundo después del de Zárate-Brazo Largo que íbamos a pasar por debajo en la inicipiente travesía. Por debajo, por detrás: ese es el punto de vista que va tomando la cosa. El viento norte, que sopló toda la noche, aminoraba la marcha del barco que en vez de correr, como pensábamos, a 6 kilómetros por hora, no superaba los 4 y medio. Al mediodía del sábado, y en tanto el viento no cedía y el barco, altísimo, parecía una enorme vela que embolsaba la persistente corriente de aire, ya sabíamos que era improbable que llegáramos a Sante Fe a primera hora de la mañana del domingo. Salvo por las actividades en tierra comprometidas y debido al fervor que generaba eso que Graham Greene llamó una vez "la sensación de viaje" a nadie le importaba tanto llegar como estar en movimiento. Al mediodía del sábado se hizo el primer "convivio": los proyectos se consolidan o mutan o se mezclan pero, como el barco, van. A la noche, Alejandro Gangui hizo, en cubierta, con las luces apagadas y para todos los expedicionarios y becarios, una especie de introducción al cielo, friso de devoción de científicos y poetas. A esa hora ya sabíamos que el cambio de viento previsto para la caída de la noche no había sucedido finalmente y que no llegaríamos a Santa Fe antes del mediodía. Levantamos la prevista caminata por los escenarios de Saer, una manera de conocer la ciudad, otra vez, por el costado o por debajo y mantuvimos a cambio el almuerzo con poetas y cineastas de la ciudad. Cuando tomamos el canal de ingreso al puerto de Santa Fe y el barco, con el cambio de corriente, pasó, como un correcaminos, a andar a más de 12 kilómetros en la hora, los queridos santafecinos instalados en viviendas precarias y no tan precarias sobre el terraplén, nos recibieron con signos contradictorios. Mientras unos gritaban, al paso del barco, "rohaiju", otros, en cambio, mandaban "¡paraguayos putos!"

sábado, 13 de marzo de 2010

Paraná ra'anga IV

Tal vez el miércoles a la noche, cuando estábamos listos para zarpar, con los bolsos y valijas cerrados, e imprevistamente nos avisaron que no, que aun Prefectura no levantaba la interdicción sobre el barco, terminó de templarse el espíritu de la tripulación. Preferimos no ir a la cena en la parrilla Norte, temerosos, como sucedió finalmente, de que la conversación volviera una y otra vez sobre el mismo asunto: ¿sería que en efecto el barco había llegado en condiciones no aptas para navegar, o sería que Prefectura, con su poder imperial sobre el río, tensaba la cuerda, marcaba la cancha de la expedición? Tal vez la travesía termine sin que sepamos la verdad compleja en tanto, como es de prever, las partes se atribuyen la razón, y suman, entonces, encono con la contraparte. El jueves, precisamente, lo empezamos en Prefectura, delegación local. De 32 faltas con que había llegado el barco al puerto de Rosario, ya había levantado 29. Faltaban 3, dos de las cuales se resolvían en el mercado. La tercera, en cambio… Al mediodía nos fuimos a El Obrador, un centro cultural que queda en Rouillon al 4200, junto a uno de los tres barrios toba de Rosario. Ya saben, habíamos comprado los sombreros de la expedición al maestro sombrerero toba Juan Acosta, queríamos conocerlo a Arsenio, ver el singular proceso de transculturación de los toba en Rosario, manifiesto sobre todo en el paulatino proceso de colorización de sus búhos y lechuzas de barro y queríamos, también, ver y acompañar la valiente tarea de integración que llevan adelante desde el centro, mancomunadamente, las secretarías de Cultura y Promoción Social de la Municipalidad de Rosario. El compromiso de Coco Bedoya en volver a El Obrador a dar cursos de serigrafía y el de Claudia Tchira de vincularse con sus diseñadoras pueden anotarse en la lista de resultados imprevistos o no esperados, pero ambicionados de la visita. Y, a cuenta de todo lo pendiente que haremos en el viaje, como si este fuera a ser infinito, una discusión interdisciplinaria sobre los límites difusos ente política social, política cultural y arte. Cuando volvíamos de El Obrador e íbamos a la inauguración de la exposición de Juan Pablo Renzi, el panorama en el puerto no mejoraba. Ahora Prefectura reclamaba que viniera un prefecto desde el Paraguay, bandera del barco en el que haríamos la expedición. ¿Venir?, pregunté. ¿A esta altura de la comunicaciones? Venir, me contestaron los imperiales. Cuando cerraba el concierto fluvial de Liliana Herrero, cuyo último tema, de Jorge Fandermole, había empezado y terminado con esos hermosos versos de Juanele “me atravesaba un río, me atravesaba un río”, ya quedaban 25 horas para la partida del barco y tal vez no fuéramos a partir. Así, francamente, nadie hubiera podido dormir. Nosotros tampoco. El viernes a la mañana nos dicen que el prefecto paraguayo está en camino, y que si firma la recategorización de algo que no entendemos, la Argentina acompaña y el barco se va. Con ese extremadamente moderado optimismo nos vamos a Puerto Gaboto a recorrer las excavaciones que un grupo de arqueólogos e historiadores de la provincia de Santa Fe están haciendo en el finalmente encontrado lugar donde estuvo efectivamente el fuerte de Sancti Spiritus, primer asentamiento europeo en el Río de la Plata. Cuesta relacionar el tamaño del descubrimiento con la precariedad de los recursos con el que fue hecho. Ojalá, pensamos, que el poder comunicativo de la expedición, que ya va demostrando que lo tiene, logre que el 98% que aun falta excavar de los fondos de la casa de la señora R se realice con los medios que nuestros avezados arqueólogos aun no tienen. Miramos de reojo al corresponsal de la agencia EFE, que toma notas y graba con una camarita de video. Imploramos por su capacidad descriptiva: visto la magnitud de la cosa, con eso bastará. De vuelta a la ciudad, el panorama en el puerto empeora. Paraguay firmó, pero la Argentina parece que no piensa hacerlo inmediatamente. “Llamaron a otro inspector de Buenos Aires”. Desde el barco me dicen “nosotros no podemos hacer más nada”. El inspector que viene de Buenos Aires ya está en San Nicolás. En una hora se hace en la Fluvial el acto de despedida de la expedición. Por lo pronto, se hará sin barco. Decidimos que la expedición se hace de todos modos, aun sin barco. Por tierra, en lancha, como se pueda y siempre siguiendo el camino del río. Con ese espíritu encontrado, entre la fuerza de la decisión reciente y la desazón por eso que no va a poder ser, vamos a la Fluvial. Ya llegó el gobernador, ya llegan el intendente y el cónsul, los expedicionarios y becarios que aun no conocen las nuevas, pero que ya han aprendido a leer en nuestra cara el estado de situación, que esde hace una semana nunca es del todo bueno, esperan acodados en el muelle el desarrollo de los acontecimientos. En eso, llega nuestro compañero Alejandro Jurado, de Aula Río, con quien hemos venido llevando el asunto en los últimos días, cuando el sueño empezó a virar a malestar y a mala espina. Jurado nos dice “ya está”. Y entonces, finalmente, puedo decirles a los expedicionarios “nos vamos”. A las diez de la noche del viernes 12 de marzo empezamos a embarcar, tres horas más tarde empieza a moverse la embarcación. Próximo destino: Santa Fe.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Paraná ra' anga III

Ayer martes llegamos por tierra a Rosario. Así como entre Tigre y San Pedro había sido el geógrafo Reboratti quien había actuado como nuestro experto cicerone, esta vez fue el poeta García Helder el encargado de señalar algunas marcas del paisaje en las que, entendía él, los expedicionarios debían detenerse. Entrando por la circunvalación, 200 metros antes de llegar a la rotonda de Pellegrini, vimos en los muelles del puerto al imponente Crucero Paraguay en refacciones, preparándose para que Prefectura le dé el alta y podamos finalmente embarcar en la estación Fluvial, hoy mismo o mañana. La visión del barco, aun a través de las infranqueables rejas con las que el puerto se diferencia de la ciudad, levantó el ánimo de los expedicionarios. Con ese espíritu se realizó, en nuestro Centro cultural, la primera reunión plenaria de expedicionarios y becarios, cada cual presentando sus proyectos y expectativas. Tal vez el ámbito fuera inaprapiado para la emoción, y sin embargo...

lunes, 8 de marzo de 2010

Paraná ra' anga II

Salimos nomás el lunes desde Tigre, rampa 1. Primero por la zona más reconocida del paseo ribereño hasta que, después de menos de una hora de navegación, tomamos el Paraná de las Palmas y empezamos, finalmente, a remontar el bravo zaino. ¿Cuánto tiempo pasó desde que Ángeles Albert, en San Sebastián, nos preguntara a Myriam Martínez y a mí si no se nos ocurría algún proyecto cultural y científico que reuniera a los dos centros que dirigíamos ambos entonces y ahora, en Rosario y en Asunción del Paraguay? ¿Cuánto desde que hicimos el primer dibujo del proyecto, cuánto de la reunión en el café La Paz, de Buenos Aires, cuando le propusimos a Graciela Silvestri ser su editora, cuánto de la reunión en Asunción con Graciela, y Pancho Marchiaro, del Centro de Córdoba, y Gastón Bozzano, el jefe logístico del proyecto? ¿Cuánto de la visita al Museo del Barro cuando la conocimos a Lía Colombino y la escuchamos decir 'ra anga y le robamos el concepto para nombrar el proyecto y le propusimos ser su asistente de edición? En fin, acá estamos, ahí vamos. Ya abandonamos el Paraná y tomamos el riacho Baradero, la costa se ciñe sobre la lancha blanca, pero más blancas las garzas blancas sobrevolando los pantanales verdes y nuevos que ondulan al paso del motor. Allá, sobre la costa entrerriana, dos nutrieros usan los remos como palos y empujan el bote para perderse en un verde eléctrico. En la bajada de Chávez amarra la lancha. Estamos en San Pedro.

domingo, 7 de marzo de 2010

Paraná ra' anga I

El viernes 5, en vez de estar tranquila o ansiosamente preparando nuestras valijas, debimos estar atentos a la llegada del Crucero Paraguay que habiendo salido tarde de Asunción según las previsiones establecidas oportunamente fue, además, retenido en Formosa por una requisa de oficio de Prefectura y, además, imposibilitado de navegar esa misma noche pues el río estaba tapado de barcazas que impedían el tránsito normal. En fin, que en vez de llegar el barco, como estaba previsto, ese mismo viernes, ya no llegaría ni siquiera el lunes para zarpar desde el puerto de Escobar. La aventura, como acostumbra, comenzaba a manifestarse de manera imprevista. Decidimos mantener firme el plan en tierra del fin de semana (La Plata, Berisso y Ensenada el sábado, Tigre el domingo) e ir el lunes en busca del barco. Mañana a primera hora de la mañana zarpamos desde Tigre rumbo a San Pedro, entre 6 y 8 horas de navegación en una lancha de la Interisleña. Una vez en San Pedro sabremos si el martes podremos encontrarnos con el Crucero en Ramallo o si seguiremos por tierra hasta Rosario. Como sea, el martes estaremos embarcados y el viernes a última hora zarparemos rumbo a Santa Fe. Los expedicionarios, expectantes, como nosotros, con los dientes afilados para pegarle al río finalmente el primer mordiscón.

martes, 2 de marzo de 2010

Fluvial

Este domingo a las 20 empieza el ciclo de cine fluvial, El río en el cine, que preparó Pablo Romano como una de las actividades paralelas de la Expedición fluvial. El miércoles 10 llega el Crucero Paraná a la Estación Fluvial y el jueves 11 todos los expedicionarios van, primero, a las 11 de la mañana, a una feria de artesanías tobas que se hará en el Centro cultural El Obrador, porque también de migraciones fluviales hablará la Expedición fluvial, luego, a las 8 de la noche, a la inauguración de la muestra de Juan Pablo Renzi, aquí en Galerías, y ya que están aquí, aquí se quedan para escuchar el tan esperado concierto, fluvial también, faltaba más, de la Negra Herrero, que promete invitados fluviales. El viernes, nos vamos a Puerto Gaboto a conocer las nuevas excavaciones en busca del verdadero Fuerte de Sancti Spiritus, almorzamos allá y después, de la mano de los amigos del Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, haremos un recorrido por la ciudad fluvial en la que se ha convertido Rosario cuando las políticas públicas abandonaron su afán de llanura y lo cambiaron por uno, justamente, fluvial.