domingo, 2 de mayo de 2010

Vallejo, otra vez

Era el verano del año pasado: enero y calor y humedad. Estábamos en Roldán, como si estuviéramos de vacaciones, pero cada tanto levantábamos el teléfono para hablar con Julia Saltzmann: ¿veía ella posible que pudiésemos traer a Rosario a Fernando Vallejo? No era la primera vez que pensábamos en invitar a Rosario a quien era, a nuestro modesto entender, y junto con César Aira, lo mejor que le estaba pasando a la narrativa hispanoamericana en los últimos años: en varios de los muchos últimos años. Pero ahora, un poco antes de hablar con Julia, habíamos vuelto de Colombia con un ejemplar del tan deseado y buscado "Almas en pena, chapolas negras" que mientras hablábamos por teléfono hervía y se ondulaba en el césped, a los pies de una reposera, y ya quedaba claro que, como Aira, Vallejo era además de un narrador extraordinario un ensayista sin par capaz de, para decirlo con palabras de el crítico belga Jacques Joset, autor del primero libro sobre la obra de Vallejo, construir un flujo discursivo "sin división capitular ni respiro, sin notas al pie ni bibliografía, siempre en primera persona, de tono ora apacible ora polémico, ora sentencioso ora distendido, ora irónico ora malhumorado" y nosotros que de algún modo en algún momento y sin saber bien porqué acabamos siendo una suerte de publicistas de doble mano de nuestra ciudad, mostrando la ciudad hacia afuera pero también trayendo amigos a la ciudad para que vean cómo es, nos parecía que, en fin, había que tentar la suerte. Qué lindo, imaginábamos, Vallejo caminando Corrientes abajo, de noche, las luces de una ciudad que son para el viajero las de cualquier ciudad y de golpe, en un rapto, se vuelven por un instante únicas.Y qué lindo, imaginábamos, que los lectores de Rosario, que alguna vez se cruzaron en la calle, o en un teatrito, o en un salón de actos, o en una librería, con Juan Carlos Onetti, con Roa Bastos, con Borges, con Graham Greene, con Raymond Carver, con Saer, con Witold Gombrowicz, con el mismo Aira, se encontraran con Vallejo y que ese encuentro -a veces las cosas suceden así- los motivara a leerlo por primera vez, o a leerlo más, y cuánto mejor es la cabeza y la sintaxis de un lector después de leer a Vallejo. Pero Julia Saltzmann no era optimista: directamente era pesimista. Pasó el verano, llegó el otoño y Julia llamó con una formulación matemática que no entendimos (si x más y, menos x, menos y, menos que menos y más) cuyo hipotético resultado, sin embargo, resultaba alentador: viene Vallejo a la Argentina, y si viene a la Argentina, va a Rosario.
Como muchos de todos ustedes, empezamos a leer a Vallejo a partir de la película de Brabet Schroeder, "La Vierge de Tuers", "La Virgen de los sicarios", que permitió, en el año 2001, que esa extraordinaria novela de 1994 pasara a edición de bolsillo y rompiera las entonces extremadamente celosas fronteras culturales de los países latinoamericanos en los que la consolidación de sus respectivas literaturas nacionales parecía que iba condicionada por el progresivo desconocimiento de las otras literaturas nacionales latinoamericanas. Pero el cine, que muchas veces cierra, esta vez abrió. Y de La Virgen pasamos a "El desbarrancadero", y de "El desbarrancadero", un poco desordenadamente a "La rambla paralela", y de "La rambla paralela" a "Mi hermano el alcalde" y de "Mi hermano el alcalde" a ese día extraordinario en el que Julia Salztmann, otra vez, y quien tiene mucho que ver con la circulación de la obra de Vallejo en la Argentina, nos regaló los cinco volúmenes que forman "El río del tiempo". Faltaba aun la obra crítica de Vallejo: hacía cuanto tiempo que los que estaban en materia no dejaban de hablar de "Almas en pena, chapolas negras", la biografía de José Asunción Silva, pero cada vez que la pedíamos o estaba prestada, o se la había llevado otro, o imprevistamente había desaparecido del estante de la biblioteca: nuestra vieja consigna “todos los libros para todos” se desvanecía frente a "Almas en pena", como si en vez de ser un libro fuese una moneda de oro. Nos llevó tiempo comprobar que era efectivamente así. Viajamos a Colombia, a una modesta ciudad: Manizales. Fuimos a la mejor librería de Manizales, que era sin embargo modesta. Le preguntamos a la librera qué tenía de Vallejo y ella repreguntó: “¿de nuestro Vallejo?” Qué extraordinario: Vallejo, que había renunciado a la nacionalidad colombiana, que había iniciado ese libro que nosotros no encontrábamos todavía con una frase típicamente sentenciosa, sentenciosovallejiana -"Colombia no tiene perdón ni tiene redención"- lograba, sin embargo, que la librera de Manizales hiciera una refinada operación de lectura y que leyera amor donde decía odio: “nuestro” Vallejo, dijo la librera, no solo para diferenciarlo del otro Vallejo, César, sino para confirmar su mundo de pertenencia: acá. Pero en Manizales no estaba "Almas en pena". La edición de 1995 se había agotado y la de, creemos, 2001, también. La librera no creía que fuera a reeditarse pronto y la búsqueda parecía entonces terminada. Nos fuimos a trabajar de Manizales a Bogotá. Salíamos de un lugar, debíamos de ir a otro, nos perdimos, cruzamos una plaza, entramos en un barrio elegante a su modo, galerías de arte, restoranes y una librería, en una esquina, ya pasábamos de largo cuando medio de reojo (somos de los que cuando pasan frente a una librería no pueden no echarle un ojo, así sea al paso, a sus escaparates) vimos, por primera vez en nuestra vida, un ejemplar de "Almas en pena, chapolas negras". “Ah, el señor Vallejo estuvo por acá hace unos días” nos dijo la joven dependiente mientras nosotros tratábamos de pasar por normales cuando estábamos protagonizando un hecho que considerábamos histórico de antemano –historico en la historia de nuestras lecturas, que es también la historia de nuestra vida. Y, otra vez, Vallejo no nos defraudó: "Almas en pena chapolas negras"y su libro de algún modo mellizo, que pudimos leer después, "El mensajero", la biografía de Porfirio Barba Jacob, son dos extraordinarios modelos de crítica literaria: sí, volviendo a la precisa definición de Joset: en primera persona, sí, absorviendo voces críticas y tomándolas como propias, sí, sin ninguna nota al pie, sí, sin bibliografía, como si fuera el primero que escribiera sobre el asunto por primera vez y también contaminando el análisis de estilo con la biografía, la biografía con el testimonio, el testimonio con la autobiografía, la autobiografía con la versificación española, la versificación española con la retórica, la retórica con los libros de contabilidad, los libros de contabilidad con los avisos publicitarios, los avisos publicitarios con la tropología, la tropología con los relatos de viaje, los relatos de viaje con la sintaxis, la sintaxis con la política y la política con la nostalgia que es, de algún modo, el asunto de todos los libros de Fernando Vallejo y convirtiendo a esa extraordinaria contaminación discursiva y formal en una forma discursiva nueva: expresión –de esa nostalgia- y novedad: tal parecería ser el lema del ensayista que es el artista Fernando Vallejo y el artista que es el ensayista Fernando Vallejo.

Ha sido, digámoslo otra vez, un honor y una felicidad incomparable para nuestra ciudad, para este Centro cultural, recibir a Fernando Vallejo.

1 comentario: