jueves, 1 de abril de 2010

Paraná Ra´anga XVI

De Pilar, después de haber visitado el Cabildo, de haber escuchado, allí mismo, cómo un historiador local aprovechaba la ocasión de nuestra visita para solicitarle formalmente al Intendente –sentado a nuestro lado, sonriente- que hicieran finalmente del Cabildo –según entendimos, el único en el Paraguay de fines del XVIII y principios del XIX que sigue en pie- un museo con las piezas que estaba ahora mismo bajo llave y con autoridad competente –competencia y cargo para los que tal vez el historiador estuviese de algún modo postulándose-, después de haber paseado por esas hermosas dos plazas consecutivas, cada una con su respectivo busto de Solano López, después de haber entrevisto, un poco a las apuradas, las extraordinarias fachadas de las casas de una ciudad cuyo contacto con el exterior estuvo hasta hace muy poco tiempo limitado a unos pocos caminos sin asfalto, lo que le da un aspecto antiguo a su modo, o por lo menos antiguo en relación con la modernidad occidental del siglo XX que se desarrolla de los años 50 en adelante -de todo eso en Pilar no hay., después de haber visitado, cansados y con calor pero con nuestra curiosidad intacta, una de las pocas grandes fábricas del Paraguay, de telas de algodón, su aspecto dickensoniano, las interminables pilas de leña con las que funcionan las calderas, las volutas de algodón adheridas como nieve vieja a los techos, a los caños, a los pasamanos de las escaleras, después de haber visitado, también, la casa museo del fundador de la fábrica, donde se mezclaban añejas máquinas hiladoras con las hormas de madera de los zapatos del señor, su afeitadora –tal vez, pensamos, con sus propios pelos dentro, aun-, y una irregular colección de urnas funerarias (el modelo museo-almacén, que ya habíamos visto en La Paz, allá en manos del Estado, acá en manos de los nuevos dueños de la fábrica), después de haber sido agasajados por los dueños de casa y por el Intendente con una vuelta de chipa y manjares dulces, después de habernos despedido de nuestros anfitriones –a quienes llamamos huéspedes, solo para poner en circulación es linda doble acepción que tiene término, que designa tanto al recibidor como a quien es recibido-, después, decíamos, de todo eso, de Pilar nos fuimos un poco antes de la medianoche, no sin que antes algunos de los expedicionarios hicieran un alto en un almacén nebuloso para proveerse sobre todo de caña paraguaya, marca El aristócrata. Navegamos sin novedad toda la noche del viernes y la mañana del sábado. No había razón para que llegáramos a Formosa mucho después del mediodía, y así fue: al rayo solar de las tres de la tarde del día sábado 27 de marzo llegamos a la ciudad fundada por Luis Jorge Fontana en 1879: ni el sonido de la banda de la Policía que nos recibió con fanfarrias y un impensado repertorio de música popular (“Cuando los santos vienen marchando”, entre otras interpretaciones), ni la simpatía de los niños de las escuelas que inmediatamente irían a conocer el barco, nos hicieron olvidar que fue allí donde el Paraguay estuvo retenido durante siete horas por la Prefectura, que aquí se labró el acta de infracciones que al Crucero le costaría cinco días levantar en Rosario y que tuvo en vilo a la Expedición: algo de todo eso se respiraba en el aire (en el aire de todos: de los que subían y de quienes estábamos arriba) cuando de Prefectura y Aduana vinieron a revisar papeles antes de que el barco dejara suelo argentino, tal vez por última vez.

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