lunes, 5 de abril de 2010

Paraná Ra' anga XVIII

Mérito de Pablo Ayala fue que el domingo pudiésemos almorzar un tremendo asado, hecho en una parrilla chilena -o así por lo menos las llaman en Neuquén a las parrillas armadas con un tambor de 200 litros acostado y partido al medio. Y antes del asado, en la cubierta del medio, Ignacio Fontclara, expedicionario cocinero, y Emilio Nasser, becario cocinero y fotógrafo, habían hecho un cebiche de boga, de una boga carnosa, rosada, que para nosotros, acostumbrados a la boga rosarina, que en el mejor de los casos es blanca, cuando no es directamente gris, más que boga era salmón. Un tímido brindis en cubierta con el cebiche, otros más en el comedor con el asado, en tanto el barco avanzaba firme hacia Asunción. Quedaba por delante, aun, una conferencia de Irina Podgorny, expedicionaria historiadora de la ciencia -¿o había sido el día anterior?-, otra de Milda Rivarola, expedicionaria historiadora, sobre Las mujeres del río, quedaba por delante ver cómo iríamos a ir llegando a Asunción, cómo iríamos a hacer para que eso, que era inevitablemente un final, pudiese convertirse en un principio. Resolvemos que ya en Asunción, en el Juan de Salazar, haremos una reunión, que dure lo que deba durar, en la que cada expedicionario y becario cuente sus expectativas a futuro y cómo se han ido modificado cada uno de sus proyectos en su puesta en acto. Decidimos armar a partir de marzo del año próximo un corredor cultural que desande el camino de la Expedición, de Asunción a Buenos Aires, con una suerte de exposición flexible que funcione tan bien en el centro cultural de Barranqueras como, por caso, el de Rosario. A partir de esa idea discutiremos los próximos días, ya en tierra. Sobre el fin de la tarde, discusión con Jenny, dueña del barco, pues el capitán Benítez dice que estamos llegando a Asunción a las dos de la mañana y que él prefiere que lleguemos a esa hora por unas razones que no acabamos de comprender -una vez más- y porque la tripulación está ansiosa por tocar tierra asuncena. Porfiamos, le decimos que no, que tenemos que llegar de mañana. Por una vez pedimos que el barco se retrase. Nos quedamos con Myriam un rato en el comedor, esperando que Jenny y Benitez acuerden o no acuerden con nuestra petición. Acuerdan. Después de medianoche fondearemos y haremos entrada a la bahía de Asunción con luz del día. Afuera, en tanto, sobre todo en la costa paraguaya, lucesitas aquí y allá indican que el paisaje ya está definitivamente antropizado (palabra que aprendimos en La Plata, dicha por el geógrafo Horacio Bozzano, y que no hemos podido dejar de usar desde entonces, a veces de manera apropiada, como ahora, y otras de cualquier manera, sólo por el placer de pronunciarla). A la mañana del lunes 29, muy temprano, el barco, que había estado parado varias horas, se pone otra vez en movimiento y muy lentamente se va dibujando a estribor el perfil de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, madre de ciudades. Una barranca alta, roja, cruzada de basurales que parecen suspendidos entre la tierra y el agua. Los locales van, paulatinamente, reconociendo allá la casa que se construyó el catalán dueño del astillero ("¡qué hermosa!", dice Milda), allá el estadio, allá las dos torres que, allá la bandera, una pincelada azul y otra roja en el medio de un cielo que y los gallos, cómo cantaban los gallos esa mañana y aun así no lograron despertarnos del sueño extraordinario que significaba para todos nosotros llegar finalmente a Asunción del Paraguay.

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