miércoles, 7 de abril de 2010

Paraná Ra' anga XIX

Fuimos, en Asunción, esa mañana del lunes 29, a los Archivos del Terror, tal como se conoce en el Paraguay al Centro de Documentación de los Derechos Humanos del Poder Judicial de la República, donde se guardan -y se muestran, claro está- los archivos -secretos hasta 1992- de la policía política de Alfredo Stroessner. De esos archivos surgió buena parte de la información acusatoria contra el llamado Operativo Cóndor, esa suerte de multinacional represiva de la que participaron los gobiernos dictatoriales de la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay en los años 70 y 80. Vimos, como pruebas de su existencia, fichas de ciudadanos argentinos perseguidos en el Paraguay por el gobierno paraguayo y entregados al gobierno argentino en el marco de la limpieza de posible conflictos con la que Stroessner preparaba el terreno para la vista de Jorge Rafael Videla, en 1977. Vimos el recorte de un diario que anunciaba la actuación en Asunción, en 1975, de la actriz María Rosa Gallo. Los nombres de los poetas que iría a recitar Gallo (Pablo Neruda, Miguel Hernández, Leopoldo Marechal) encerrados bajo una llave a cuyo lado se leía: "poetas comunistas". Vimos, pegado al recorte, un informe precisando no sólo quién era la actriz argentina, sino quién era quien la había contratado para actuar en Asunción, a quien el informante calificaba de "contrera". Daría gracia, sino fuera que no la da. A primera hora de la tarde, después de almorzar en el San Roque, fuimos al siempre conmovedor Museo del Barro, donde hicimos una visita guiados por nuestra Lía Colombino y después, firmes, al Juan de Salazar, en cuya biblioteca nos recibió Myriam para hacer aquella ronda de estados de proyectos e ideas acerca de cómo seguir con la Expedición una vez que la Expedición terminara -y ya estaba terminando y todos lo sabíamos. En el teatro del Centro, más tarde, el expedicionario ruidista Francisco López presentó lo que al principio pareció que iba a ser "Paraná-Ña", una obra de 55 minutos compuesta por López a lo largo de la travesía, con lo que nuestro querido pelado español se iría a convertir en el primer expedicionario en mostrar obra nueva, producto del viaje, pero finalmente problemas de reproduccion lo llevaron a presentar una obra anterior. El público, con los ojos vendados para no tener otras sensaciones que las auditivas, participó en mitades de la experiencia maquinista propuesta por López: una mitad, aturdidos, la otra, bravos y bravos. Myriam no estaba dispuesta a que estando en Asunción se nos ocurriera descansar, así que bien temprano a la mañana siguiente ya estábamos rumbo a Yaguaron,una ciudad de unos 30.000 habitantes, a 48 kilómetros de Asunción, cuna del Doctor Francia -inspirador, tal vez no haga falta recordarlo aquí, pero quién sabe, del extraordinario Yo el Supremo, del para siempre querido Augusto Roa Bastos, pero no era el museo dedicado al primero de los cuatro grandes -es un decir- dictadores paraguayos lo que nos llevaba hasta allí, sino la iglesia franciscana de San Buenaventura, su altar, sus figuras, sus púlpitos, y eso que esperábamos -y sucedió- fuera a contarnos sobre su composición, materiales y distintas restauraciones la expedicionaria historiadora del arte Gabriela Siracusano. Después nos fuimos a Itá, al taller de las ceramistas Juana y Julia, donde los expedicionarios, luego de ver el proceso de construcción de un cacharro, acelerado, claro, por los tiempos de la visita turística a nuestro pesar, en los que casi nunca se manifiesta el instante sagrado de la inspiración, se abalanzaron sobre el pequeño almacén: platos, caballitos de tres patas, cuencas de factura clásica, limpia, pero con indudables reverberaciones barrocas... los expedicionarios y becarios compraron en cantidad, como si hiciera un montón que no compraran nada. Así cargados nos fuimos hasta San Bernardino, a la casa del padre del expedicionario cocinero Ignacio Fontcalara, cocinero él también, donde nos recibieron, para usar la palabra justa, con una bacanal de sopa paraguaya, chipa guazu, asado de carne y de verduras, queso blando y miel, cerveza de la casa y vino argentino. Señor Fontclara: gracias otra vez. Y caminando de lo de los Fontclara nos fuimos a las orillas del lago Ycaparaí. La moza del Hotel del Lago, donde habíamos parado a tomar un café, ya nos había anunciado, entre risas, que tal vez el poeta estuviera borracho cuando escribió "Una noche tibia nos conocimos/ frente al lago azul de Ycaparí" pues es notorio, decía la señora, que sus aguas son negras. Pero a nadie le importó el contraste ni siquiera la explicación de que tal vez fuera que el cielo azul al reflejarse en las aguas les diera a estas el color que no tienen pues, como dijo el finalmente sentimental expedicionario ingeniero Santi González ante la magnificencia del lago negro, nada, ni siquiera el lago verdadero, puede hacernos olvidar la verdad de una canción. Sobre todo, agregamos, una de amor que, como todas las grandes canciones de amor, versan sobre amores no correspondidos, o desencontrados. Así la canta el trío Los Panchos, esa es la cara de la cuñataí, y con ese aire nos fuimos rumbo a la última noche de la Expedición.

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