sábado, 27 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga XV

La noche del lunes 22 llegamos a Corrientes, cinco días, dos horas y quince minutos después de haber zarpado de La Paz, con amarres fallidos por una u otra razón en Goya y Barranqueras. Al día siguiente, a la tardecita, por tierra, vía el puente general Belgrano, que la noche anterior habíamos pasado por debajo, cruzamos a Chaco y fuimos finalmente a Barranqueras, a un modesto centro cultural donde se presentaba “Cuento s de la llanura y del monte chaqueños”, una compilación de cuentos que señalan el paso de Horacio Quiroga por el monte del Chaco, cerca de El Saladito, entre comienzos de 1904 y mediados de 1905, tentado por la ambición de convertirse en agricultor. Allí ambientó “La insolación”, “El monte negro” y “Los cazadores de ratas”, entre otros cuentos. De la presentación del volumen, acompañada por una exposición de fotos y documentos titulada “Horacio Quiroga en el Chaco”, participaron Alejandra Liñán y Aledo Luis Meloni, un señor de 98 años, estudioso de la vida de Quiroga que, cuando eso era aún posible, conoció y entrevistó a muchos de los amigos de Quiroga de Misiones, esos que inspiraron los cuentos de “Los desterrados”. Ahora, tal vez para devolverle algo a provincia a la que llegó en 1937, proveniente de Buenos Aires, con un título de maestro, profesión que ejerció sobre todo en el campo durante 20 años, Meloni se ha impuesto devolverle al Chaco lo que le corresponde en la construcción del imaginario quiroguiano, hoy sobre todo en manos del ambiente misionero. Esa misma noche cantó un coro toba y más tarde Jorge Fandemole y Coqui Ortiz compartieron parte del repertorio de cada cual en algo que ambos se encargaron de señalar que no era un recital, cuando sin embargo lo era.

La mañana del 24, en Corrientes, empezó con la visita al barco del intendente y parte de su gabinete. Más tarde, muchos de nosotros fuimos a Riachuelo, un pequeño municipio a 13 kilómetros de la capital; allí almorzamos, al lado del Puente Pexoa, famoso por aquel rasguido doble que todos saben cómo empieza –“Te acordás mi chinita del Puente Pesoa donde te besé”- pero nadie sabe cómo sigue ni cómo termina, que es un poco como nos sucede con esta expedición. El miércoles a medianoche zarpamos de Corrientes con destino a Pilar. Íbamos, según parecía, viento en popa hasta que a las 11 de la mañana del jueves uno de las decenas de troncos que bajaban a velocidad alarmante por el Paraguay trabó la hélice de uno de los motores. Estuvimos cinco horas parados frente a tierra paraguaya, un barro arenoso carcomido por el río, arboles sin sustento caídos en la costa, vivos aun, florecidos y horizontales, humedales , humedales, humedales. Finalmente, volvimos a zarpar. De la costa chaqueña se oía el aullar de monos y cada tanto, un rancho, unos pescadores en la costa con una modesta línea y una bicicleta o una moto echada al lado, más, parecía, en busca de entretener el ocio que de sustento. También, dispersos, caballos, vacas, unos cebúes flacos, blancos y allá, en lo que parecía ya costa paraguaya pero era una ilusión producto de un curvón del río, un enorme silo que alguien identificó como Las Palmas. También, del lado chaqueño, unos palmares que parecían jóvenes, el tronco esbelto, claro, la copa redonda aun, no desmelenada, durante un largo trecho, pero ya sabemos que acá se ha enrarecido la ecuación tiempo y espacio y eso que sucede, por ejemplo, durante, una hora, puede significar apenas un kilómetro. Así sucedió a la mañana siguiente. La expectativa de los expedicionarios y los becarios por ver y registrar la desembocadura del Bermejo en el Paraguay y el límite natural entre Chaco y Formosa, que sucedería, según el capitán, entre las 7 y las 9 de la mañana puso de pie a todo el mundo bien temprano y el puente de la proa, habitualmente apenas poblado a esa hora, explotaba de entusiasmo, mates que iban a venían, cámaras de todo tipo, hasta unos binoculares, y una palabra que se puso de moda de manera inmediata: pigmentación. La pigmentación, además de la densidad del agua, es lo que le da el Bermejo al Paraguay primero y luego al Paraná. Hay que decir que en esta época del año, luego de las enormes lluvias en el Noroeste, también le da velocidad a la corriente. Eso que llamábamos en nuestras conversaciones antes de zarpar “el sifonazo del Bermejo” y que haría reducir la velocidad crucero del barco -6 kilómetros por hora- a unos 4 o 4 y medio. Como siempre en esta Expedición, los cálculos fueron optimistas y la máquina no lograba subir el kilómetro y medio por hora, a veces llegaba a punto 8 y, según Vaccarezza, debíamos de estar contentos pues esa misma noche un petrolero directamente había sido vencido por la fuerza de la correntada: no es que haya sido arrastrado, sino que no pudo avanzar, durante horas. Con ese incierto pronóstico, avanzábamos. De 7 a 9 pasó a ser de 9 a 11 y luego “antes de la dos de la tarde”, cosa que resultó ser, otra vez, un optimismo paraguayo. La costa chaqueña no presentaba novedades con respecto al día anterior, pero la paraguaya parecía más viva. Cada tanto un rancho (el techo irregular de paja brava cubierto con un enorme nylon azul, rojo o amarillo) con un corral –uno o dos caballos, unos gallináceos negros, de movimientos torpes, desplazándose a los saltitos, cuervos tal vez o jotes, según agregó uno que no se sabe si sabía pero a quien nadie desmintió, se paseaban por el patio de tierra del rancho, como si fuesen patos, o gallinas. De uno de ellos, de una formación de pescadores, tres botes atados a la orilla, un fuego detrás, uno levantó un enorme pescado, como un trofeo, a la lejanía. Surubí, mínimo treinta kilos, dijo Vaccarezza. A veces, también, una carpa de dimensiones reducidas, un bote con motor fuera de borda atado a un árbol y un hombre joven sentado en la orilla, fumando. ¿Pescadores también? No, contrabandistas. O eso nos dijeron. No podemos saber si es verdad, pero sí es cierto que si la hipótesis no se derrumba sola es porque la frontera entre uno y otro país parece ahí al alcance de la mano –o de un bote, aun sin motor fuera de borda- y en tanto no se borren los límites entre uno y otro país, quien quiera cruzarlos ahorrándose los trámites aduaneros, está claro que bien puede hacerlo por acá. Cerca de las cuatro, a babor, empezó a verse la línea rojiza del Bermejo y bajo la superficie del Paraguay empezaron a dibujarse unos extraordinarios corales de arena, unos manchones móviles, inquietos, dorados, rojos, ocres, que atravesaban el río de costa a costa para reunirse, suponemos que según el movimiento de las corrientes, del lado paraguayo, que se volvía imprevistamente rojo, para después sí, mezclarse con el Paraguay para darle a este su característico color marrón oscuro (chocolate, o tabaco, fueron algunas de las decenas de comparaciones a las que fue sometida su coloratura tan particular). Una hora más tarde desembarcábamos en Pilar. Habíamos llegado al Paraguay, y ese, para nosotros, aun navegando, difuso “bienvenidos a mi país” con el que nos había saludado la mañana anterior la tripulación del barco, cuando no volvieron a izar la bandera argentina, se volvió más real en tierra firme. Estábamos a la vez en nuestra patria y en el extranjero.

4 comentarios:

  1. Una amiga de Tommy Barban27 de marzo de 2010, 12:05

    Escribís mucho mejor que Daniel Link.

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  2. Qué barbaridad, mis amigas una vez más metiéndome en problemas. Che, si la tripulación se sigue rehusando a izar la celeste y blanca deciles que le vamos a mandar a Cándido López y su escalera.

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  3. Estimado Prieto. ud ha logrado hacer lo que soñamos miles, juntó lo mas granado de la ciencia y el arte y para colmo, los puso en el medio del río a ver que pasa. Me parece que con los nombre que vi tendrá para entretenerse por el resto de la década. Y además, de yapa, juntó a dos monstruos musicales tan lejanos (y buenisimos) como Edelstein y Fandermole, ¿ que milagro reúne a esos dos planetas tan pero tan distintos? ¿grabarán algo juntos? y como si eso fuera poco juntó a Helder con Moreno, y a Forster con Solano, que parnaso don Martín! . Me gustaría ser Ud don Prieto porque estas cosas no se consiguen pagando. Y lo sigo leyendo pues escribe mejor que nadie, no sólo mejor que link, psa!

    Alejo V.

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  4. qué lindo viaje. los yacarés del cuento de quiroga a ese barco lo habrían dejado pasar.

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