sábado, 20 de marzo de 2010

Paraná Ra´anga X

Acuarela de Daniel García








Salimos de La Paz a las siete de la tarde, destino Goya. Preveíamos 48 horas de navegación, sin paradas, lo que daría lugar a buena cantidad de actividad interna, que empezó esa misma noche del miércoles 27 con una lectura de poemas de D.G.Helder. Primero, unos de Juanele Ortiz, leídos desde sus ejemplares originales, esos libros altos y anchos, con mucho aire y letra diminuta que no circularon durante años y que le importaron a muy pocos y que ahora son objeto de devoción de coleccionistas (y fetichistas) y que Julia Solomonoff había recogido en casa de sus tías en Paraná y sumado a la cada vez más variada y compleja biblioteca del barco, parte de la cual será donada antes de llegar a destino, aun no hemos decidido si a una biblioteca pública de Pilar o de Formosa. Helder después de los de Ortiz, leyó varios poemas propios, mientras escanciaba en un vaso alto cerveza Baviera –la preferida de las que ofrece el bar del barco- que se mantenía fría en lo que acá se llama una champagnera, allá una frapera y en todas partes, cuando acaba al afrancesamiento baladí, un balde.

A la mañana siguiente, Ignacio Fontclara, en cubierta y con la compañía de Mito Sequera y Bartomeu Meliá como referencias antropológicas y teológicas, dio un taller sobre chipá o, como decía él, chipa, palabra grave: dos bolsas de harina, agua, huevos, una salmuera de naranja, un puñado de anís: así empezó. Cuando terminó eso que parecía que iba a ser una clase de cocina y si lo fue lo fue con variaciones, el clima había cambiado considerablemente, el viento soplaba no regular como hasta ayer, sino cruzado, brioso, el río se puso imprevistamente crespo, empezó a levantar olas y finalmente se largó a llover, rabiosamente. No por la lluvia sino por el viento y el consecuente oleaje, el barco buscó amparo en las islas, en lo que el capitán imaginó una bahía, en el límite entre Entre Ríos y Corrientes: un corral inundado, una casita de chapa aparentemente abandonada. De parte nuestra, sólo los intrépidos paraguayos de la tripulación pisaron tierra para amarrar el barco contra la costa, y este comentario de Pere Joan: “Bonito lugar ha elegido el capitán para que muramos todos”. Dos horas y media más tarde, volvimos a zarpar. Goya empezaba a quedar cada vez más lejos. A la tarde, los paisajistas, que se juntan a dibujar en una cubierta a babor, en tanto había cambiado el color del paisaje (los verdes eran ahora oscuros, el cielo de plomo) habían cambiado el modelo también: de Espino a Turner, por decir. Así pasamos frente a Esquina: dos torres altas, rojas, a lo lejos. A las siete diluviaba, y mientras Meliá daba una charla abierta sobre sus experiencias en comunidades indígenas en el Brasil y en Paraguay, el capitán prendió el enorme farol del barco para buscar, en las islas, señales que le indicaran –él sabría leer-posibilidad de amparo otra vez, hasta que el cadenón tenso del ancla marcó que estábamos haciendo pie frente a la isla. Así estaremos, anclando y volviendo a navegar, según mandara el viento, hasta que a las 1 y media de la mañana el capitán decidió que no daba para más y en tanto caía agua a baldazos sobre babor, los radares salpicados no devolvían información confiable y el hasta entonces celebrado equilibrio del barco cedió por primera vez desde que zarpáramos de Rosario –un perceptible vaivén que duró lo suficiente como para ser vuelto relato por todos a la mañana siguiente, a la hora del desayuno- echamos ancla hasta las 5 media. Que los más jóvenes festejaran hasta tarde el cumpleaños de uno de ellos no disipó el clima de inquietud que sobre los mayores despertó la tormenta que duró, persistente, toda la mañana. A Goya ya no iríamos a llegar de ningún modo y el intercambio de pasajeros –bajaban ocho, subían cinco- se haría antes de medianoche, en un trasbordo entre una lancha de Prefectura y el Paraguay.

4 comentarios:

  1. Vas tomándole la mano guacho a la crónica de a bordo (me dieron unas ganas locas de estar ahí, aunque sea de mozo escanciándole la Baviera a Helder). Ese capitán da muy Lord Jim.

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  2. A todos los que seguimos la travesía a través de tus crónicas nos dan ganas de estar en el barco. Brindamos desde tierra por esa aventura!

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  3. El ruso Edelstein conoce de oleajes, le habrá encantado esta parte, preguntale que nos pasó en la cancha de Bajada Grande.- Que hermosa travesia, los envidio.- Saludos a Oscar y Facundo.-
    Un abrazo.-
    Mario Palavecino

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  4. Si el capitán se parece a Lord Jim, mejor quedarse en Goya.

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