lunes, 15 de marzo de 2010

Paraná ra'anga V

Salimos nomás después de la medianoche: el Monumento a la Bandera, el CEC, el Parque de España, el Macro, la cancha de Rosario Central: una galería de imágenes de la vieja y de la nueva ciudad iban pasando lentamente, casi a paso de hombre y allá, lejos, tan lejos como una expectativa, el puente Rosario-Victoria, el segundo después del de Zárate-Brazo Largo que íbamos a pasar por debajo en la inicipiente travesía. Por debajo, por detrás: ese es el punto de vista que va tomando la cosa. El viento norte, que sopló toda la noche, aminoraba la marcha del barco que en vez de correr, como pensábamos, a 6 kilómetros por hora, no superaba los 4 y medio. Al mediodía del sábado, y en tanto el viento no cedía y el barco, altísimo, parecía una enorme vela que embolsaba la persistente corriente de aire, ya sabíamos que era improbable que llegáramos a Sante Fe a primera hora de la mañana del domingo. Salvo por las actividades en tierra comprometidas y debido al fervor que generaba eso que Graham Greene llamó una vez "la sensación de viaje" a nadie le importaba tanto llegar como estar en movimiento. Al mediodía del sábado se hizo el primer "convivio": los proyectos se consolidan o mutan o se mezclan pero, como el barco, van. A la noche, Alejandro Gangui hizo, en cubierta, con las luces apagadas y para todos los expedicionarios y becarios, una especie de introducción al cielo, friso de devoción de científicos y poetas. A esa hora ya sabíamos que el cambio de viento previsto para la caída de la noche no había sucedido finalmente y que no llegaríamos a Santa Fe antes del mediodía. Levantamos la prevista caminata por los escenarios de Saer, una manera de conocer la ciudad, otra vez, por el costado o por debajo y mantuvimos a cambio el almuerzo con poetas y cineastas de la ciudad. Cuando tomamos el canal de ingreso al puerto de Santa Fe y el barco, con el cambio de corriente, pasó, como un correcaminos, a andar a más de 12 kilómetros en la hora, los queridos santafecinos instalados en viviendas precarias y no tan precarias sobre el terraplén, nos recibieron con signos contradictorios. Mientras unos gritaban, al paso del barco, "rohaiju", otros, en cambio, mandaban "¡paraguayos putos!"

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