miércoles, 24 de junio de 2009

Expedición científico cultural Paraná Ra' angá

En el primer capitulo del Facundo, Sarmiento anota que un rasgo notable de la fisonomía de este país es "la aglomeración de ríos navegables que al Este se dan cita de todos los rumbos del horizonte para reunirse en el Plata". Pero, sigue Sarmiento, esos inmensos canales excavados por la solícita mano de la naturaleza, "no introducen cambio ninguno en las costumbres nacionales" debido a que el hijo de los aventureros españoles se considera aprisionado en los estrechos límites de un bote o de una lancha y el gaucho, por su parte, desdeña el favor más grande que la providencia depara a un pueblo, de modo tal que la navegación de los ríos es un elemento muerto, inexplorado: "Desde el Plata remontan aguas arribas algunas navecillas tripuladas por italianos y carcamanes; pero el movimiento sube unas cuantas leguas y cesa casi de todo punto". Poco se ha modificado el escenario en los últimos 164 años. Nuestra misma ciudad encontró siempre en el río Paraná no una vía de comunicación sino un límite con la provincia de Entre Ríos y sólo la creación -sobre el río- de una vía terrestre, el puente Rosario-Victoria, activó el contacto -comercial, amoroso- entre la ciudad y la provincia vecina. Y el tránsito fluvial hacia las islas de enfrente -menos de un kilómetro de agua zaina, apetrolada-, descontadas esas esporádicas imágenes de los pescadores sobre sus botes o canoas, que parecen la torpe representación realista de alguna de las extraordinarias canciones de Chacho Muller es, sobre todo, deportivo -los jóvenes de Alberdi montados en sus kayaks, los más avezados nadadores moldeando estilo y músculos braceando contra corriente para poder llegar a destino en línea lo más recta posible-, recreativo rico -yates, veleros, lanchas con motores de cientos de caballos-, y recreativo pobre -más botes, más canoas, lanchitas con motor fuera de borda. Eso, en un sentido transversal: de oeste a este. Y en un sentido longitudinal, desde, digamos, el puerto de Santa Fe en el límite norte y el de Buenos Aires en el sur, los enormes transatlánticos con banderas de Oriente que subiendo vacíos y bajando cargados de granos de soja dan una imagen confusa todavía de una recidiva de eso que se llamó una vez “el granero del mundo”: tanto entonces como ahora, lo nuevo supone, entre muchas otras cosas, una revolución cultural -y “revolución”, esta vez, describe, no califica.
El barco que zarpará el lunes 8 de marzo del puerto de Buenos Aires con destino Asunción del Paraguay y paradas previstas en los puertos de San Pedro, Rosario, Santa Fe, La Paz, Goya, Corrientes, Pilar y Formosa, retoma, como señala Graciela Silvestri en la nota de tapa de Transatlántico número 7, la tradición de las viejas expediciones culturales y científicas. Como en esa tradición, la tripulación del barco deberá tener un ojo clavado en el pasado -para dar testimonio de eso que está dejando de ser- y uno en el futuro -para, a partir de la interpretación de ese pasado, poder imaginar qué de todo eso quedará activo o inactivo en la construcción de lo que todavía no es. Pero para que esos dos ojos tengan que ver todo lo que tienen que ver, el barco deberá ir lento y los expedicionarios deberán tener menos la ambición maximalista y moderna del conjunto, que la precaución por el detalle. Como en ese poema de Juan L. Ortiz, "Entre Diamante y Paraná", en el que el poeta "distraído" por una nube, o por unos pasajes de trigo, o por los restos de un perrito atropellado al costado del camino, parece no avanzar nunca en el trayecto ni en el relato, aunque el conjunto del poema dé, al final, una figura del viaje que presenta, como en un símbolo elusivo, una totalidad.

miércoles, 17 de junio de 2009

¿Y cómo es él?

El viernes estuvo Dani Umpi en el Teatro. Y dos días después escribió en su fotolog: "ROSARIO:
Divina la ciudad pero ni paseamos. Mucha prensa.. escuchan mucha radio. Desayuné en la Rock and Pop, que es como un Mac Donals porque hay una en cada ciudad. Mínimo una. Sólo sacamos 5 fotos y casi todas movidas. Mal. Tocamos en un teatro GIGANTE. No sabíamos que era así. Sorprendente. Igual, la gente divina. Muchos conocidos. Competimos minuto a minuto con Kevin Johansen. Nervios. Los técnicos eran muy competentes. En Rosario siguen a full con el WI FI. Comimos en un local de pool con música muy muy Angels. Muy raro el lugar, pero nos gustó". La historia de Umpi en Rosario empezó con un llamado de Irina Garbatzky y Mariana Catalín en el que nos avisaban que vendría Dani a la Argentina, si no querríamos invitarlo al Centro cultural. Pensamos que las jóvenes profesoras de Letras querían convertirse en productoras de espectáculos y les ofrecimos, con la generosidad propia de este Centro cultural, si querrían, acaso, producir el show. "No", dijeron, y ahí pareció mezclarse el afán investigativo -las chicas merodean, en sus estudios, las nuevas formas de la literatura rioplatense y pasado-presente y futuro de las performances- con cierto -lejano, pero perceptible- cholulismo: "sólo queremos entrevistarlo". Lo hicieron en el lobby de nuestro querido hotel República. "Encantador", dijeron después. Habrá que ver, más tarde, en los papers, en qué han convertido nuestras chicas el encanto del trovador electrónico de Tacuarembó. En cuanto al show, dos notas. Una, la extraordinaria pantalla en la que iban pasando fragmentos de un diálogo amoroso, que daban la nota justa, incandescente, de esa mezcla de estupidez y... estupidez en la que se convierte, visto de afuera, todo diálogo amoroso. La otra, el cierre, con Dani solo entonando -hay que decirlo así: muy sentidamente- los tan queridos versos de Perales: "¿Y cómo es él?/ ¿En qué lugar se enamoró de ti?/ ¿De dónde es?/ ¿A qué dedica el tiempo libre?/ Pregúntale,/ ¿Por qué ha robado un trozo de mi vida?/Es un ladrón que me ha robado todo".

lunes, 8 de junio de 2009

Un momento de reflexión

El año pasado, desde el correo del Centro cultural, yo enviaba una comunicación, más o menos semanal, sobre nuestras actividades, dirigida a nuestro público, que empezaba con un "queridos amigos" y terminaba con un "como siempre, los esperamos". No logro saber si los amigos se sentían queridos, pero nuestras mediciones de público daban que, pese a que los esperábamos, mucho no venían. O que venían de una manera muy estricta: como para no dejar de venir del todo. De las largas -y ambiciosas y finalmente fructíferas- reuniones-sesiones de nuestro equipo de programación y de comunicación, llegamos a algunas conclusiones sobre las que empezamos a trabajar el 09 -y sobre las que no voy a abundar, porque no vienen al caso. Pero me voy a detener en una: el equipo consideró que el "queridos amigos" era una especie de plomazo que no leía nadie -y que, entonces, los tres o cuatro que cada tanto contestaban entusiasmados por alguna razón no eran representativos de una multitud silenciosa, sino que respondían, estrictamente, a su nombre y a su número: tres, cuatro, a veces seis. La comunicadora, con el apoyo -qué notable: ferviente- del resto del equipo recomendó dar de baja el "queridos amigos" y abrir, a cambio, en la página nueva del Centro, un "blog del director". Los pocos amigos que ha cosechado este blog desde su apertura, los persistentes "ceros" en los comentarios que recoge y mi pereza en actualizarlo (una cosa es sospechar, como cuando publicamos un libro de poemas, que casi nadie nos lee y otra es comprobarlo empíricamente) darían la impresión de acá seguimos trabajando para pocos. Al contrario, los números no dejan de crecer. El fin de semana que pasó, colgamos cartel de "no hay más localidades" en Sonus, la obra de teatro-circo de Sebastián D'Addario y la compañía Kumulus limbus; también, otro igual, de "no hay más localidades", en 4.48 Psicosis, de Sarah Kane, con Leonor Manso, otra pequeña multitud paseaba la noche del viernes por el Patio de los Cipreses, saliendo del túnel 1 de Galerías, donde inauguraba Diana Aisenberg la muestra Escuela/Rosario y entrando al túnel 3, donde un grupo de músicos comandados por Mario Caporali rendía tributo a la mitológica Madonna de Aisenberg. Y el domingo, a las 11 y media de la mañana, 200 personas escuchaban, en el Teatro, la segunda sesión de Hugo Schuler interpretando El clave bien temperado, de J.S.Bach. Cuando comenté, al final del mediodía del domingo, mi extrañeza en cuanto a la falta de incidencia de este apocado blog en la convocatoria del público de este Centro cultural -en tanto de cero surgían, pongamos, más de mil-, uno de nuestro equipo me dijo, parafraseando la célebre frase clintoniana: "es la programación, estúpido", y otra, casi solapándose: "es la comunicación, estúpido" y después, los dos, riéndose, como si fuese a ponerse de novios en ese mismo momento -casi a costa de este mismo director: "es la programación bien comunicada, estúpido".
Liberado de la responsabilidad del éxito de la convocatoria de público, ahora sí, volveré.